Anoche eché un kiki. Hasta ahí todo normal, ya que tengo la suerte de coitear habitualmente (excepto la noche que mi novia se pinchó y no tenía parches).
Pues bien, habíamos estado fuera todo el puente y dejamos la calefacción apagada, por lo que la casa aún no se había calentado, así que me despeloté ya metido dentro y, cuando terminé, busqué los calzoncillos por dentro de la cama y me los pusé y me dormí, no sin antes decirle a mi media mandarina la nota que había obtenido.
A media noche me he despertado, soñando que María Teresa Campos estaba desnuda, sentada sobre mi miembro, pidiéndome la clara de mis huevos. Era un opresión terrible, asfixiante.
Sudoroso, me he dado cuenta de lo que había provocado la pesadilla: Al vestirme dentro de la cama, me había puesto los gallumbos al revés. Claro, la zona del culo no tiene la forma abultada para alojar las joyas de la familia y me oprimía el remember my member.
La moraleja que extraemos de todo esto es que el mito de que le puedes dar a los calzoncillos la vuelta para usarlos de nuevo, no es cierta para aquellos que tenemos los cojones hermosos y el rabo demo la nariz de El Cigala.