En no pocas ocasiones nos encontramos como la prensa burguesa se relame y disfruta con declaraciones públicas que – en mi humilde opinión – poco ayudan al movimiento comunista. Esta semana leí con pena en la prensa (PÚBLICO, para variar) unas nuevas declaraciones de un diputado de IU – con carné del PCE – , en la que, sin ser preguntado específicamente por ello, condena la época estalinista (entre 1924 y 1953) considerándola como la “época negra del comunismo”.
No es mi intención, en este artículo, alabar los aciertos o los errores de Trosky o Stalin (seguramente no habrían tenido cabida en esa prensa declaraciones similares respecto al troskismo) , ni entrar a juzgar una época que no viví, pero que si lo hicieron camaradas y dirigentes a los que todos y todas respetamos, y los abuelos de muchos quienes leerán este artículo, entre ellos los míos.
Lo que pretendo es poner de relieve que cada época pasada ha de ser juzgada en base a su contexto histórico, social, político, económico o militar, y que cuando lo hacemos desde un punto de vista comunista, y desde una militancia concreta, no debemos hacerlo nunca en los términos que tanto la burguesía como sus medios de comunicación esperan escuchar, para hacer las delicias de la derecha y el anticomunismo más rancio.
Cada época histórica, y también la referida a la historia del comunismo, está llena de aciertos y errores, pero sobretodo está ligada irremediablemente a nuestra propia historia como organización, y a la de quienes nos precedieron militando en el Partido o dirigiendo la organización a la que con tanto orgullo y responsabilidad pertenecemos.
No actuar de esta manera, condenar las decisiones de hace un siglo con ojos del siglo XXI, nos llevaría irremediablemente a condenar también las decisiones, las tácticas y las estrategias de nuestro propio Partido. Supondría cuestionar a dirigentes como Dolores Ibárruri o como Pepe Diaz. Supondría cuestionar los frentes populares, la creación de Ejército Popular en España, la victoria contra el fascismo. Supondría renegar de la ayuda que la URSS dio a la cautiva y desarmada República Española. Supondría renegar de la lucha de nuestros abuelos, que tenían una opinión y una posición política consecuente con el contexto que les tocó vivir.
Yo, por lo menos, no pienso hacerlo. No pienso renegar de una época. No pienso condenar la actuación ejemplar del Partido Comunista de España en los momentos más duros de la Historia del Mundo – entre 1924 y 1953 -, no pienso renegar de Pasionaria ni de José Diaz ni del resto de dirigentes comunistas de la época. No pienso renegar de mi abuelo Francisco y de mi abuelo Valentín, que pelearon 3 años en una guerra contra el fascismo con armas soviéticas y pagaron 4 años en un campo de concentración por ello.
Estamos en 2013. Nuestra responsabilidad histórica es actuar en consecuencia en el contexto en el que vivimos. Acertaremos o nos equivocaremos. Unos estarán en mayoría y otros en minoría. Pero de nuestro actuar presente – y no de nuestro juicio del pasado – depende la futura victoria o una nueva derrota. Dedicarnos a valorar el presente o a juzgar a quienes nos precedieron en los términos que plantea el enemigo sería sanar a la moribunda socialdemocracia y abrir las puertas a la derrota. Y aquí – o al menos eso me enseñaron – hemos venido para vencer, y no para vender libros.