Los aranceles de Trump amenazan al PIB: un 75% del crecimiento es por demanda externa

Los aranceles que ha anunciado Donald Trump a la importación de algunos productos españoles ponen en jaque al crecimiento de la economía española en un momento crucial, en el que la demanda interna del país se ha hundido y es la demanda del exterior la que tira del crecimiento.

El crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) del país se ha ralentizado en los últimos trimestres y todas las casas de análisis e instituciones no paran de rebajar sus previsiones de crecimiento para este año y el próximo, debido principalmente a la debilidad económica europea y la inminencia de algunos riesgos como el brexit o las batallas arancelarias.

Estas últimas, precisamente, podrían impactar ahora de lleno en España si finalmente se materializan los aranceles del 25% a productos europeos y, en concreto, a productos agrícolas españoles como las naranjas, el vino, el queso o el aceite oliva español que importan en Estados Unidos y que, a partir del 18 de octubre, serán un 25% más caros. Esas importaciones gravadas con aranceles suponen actualmente alrededor de 1.000 millones de euros de ingresos para España.

Los estadounidenses que los compran tendrán que pagar más por ellos (su precio más el arancel), lo que provocará una caída de las ventas de los exportadores españoles y llevará a los norteamericanos a buscar proveedores alternativos.

Esta posible caída de las exportaciones españolas a Estados Unidos impactará en el volumen total de exportaciones y en la demanda externa del país, lo que supone un riesgo para el crecimiento del PIB en un momento de especial debilidad, aunque la clave está en el efecto indirecto que puede tener la política proteccionista de Trump en nuestra economía.

Efecto dominó

Aunque el porcentaje que representan las exportaciones de España a EEUU sobre el total de ventas al exterior no es enorme (EEUU es nuestro sexto socio comercial), la imposición de aranceles a productos europeos tiene un efecto indirecto sobre nuestra economía.

"El impacto es mayor desde el punto de vista indirecto. Por ejemplo, si Trump impone aranceles a China, la economía de China se resiente y deja de importar de Alemania, eso le afecta la economía alemana y entonces Alemania deja de comprar a España. Es un efecto dominó", explica a Vozpópuli María Jesús Fernández, economista sénior del panel de economistas de Funcas.

Esta vulnerabilidad se agravaría en un momento de enfriamiento económico. En el segundo trimestre de 2019, el PIB ha crecido un 0,4% y, de ese porcentaje, sólo una décima ha procedido de la demanda interna debido al desplome del consumo -que ha repercutido en un aumento del ahorro- y a la caída de la inversión pública, por lo que la demanda externa ha sido responsable de tres décimas de ese crecimiento (un 75%).

Dependemos de la demanda exterior

En términos interanuales, el PIB ha crecido un 2% frente al mismo trimestre del año anterior, de los que un punto procede de la demanda interna (nueve décimas menos que en el primer trimestre).

La demanda externa venía haciendo contribuciones negativas al crecimiento en los últimos años y en el primer trimestre del año sólo aporto 0,2 décimas al crecimiento de la economía española, pero por fortuna, en el segundo trimestre la demanda externa se ha reactivado y ha crecido ocho décimas hasta suponer un punto de crecimiento, lo que ha servido para compensar el desplome de la interna y salvar el dato de crecimiento.

Una caída de la demanda externa podría afectar negativamente al PIB, especialmente si no va acompasada de un crecimiento de la demanda interna que por el momento se descarta para los próximos trimestres, dado que las cuentas apuntan a una caída de los ingresos.

En sus proyecciones macroeconómicas, el Banco de España pronostica un fuerte descenso de la contribución de la demanda nacional al crecimiento (pasa de 2,7 puntos en 2018 a 1,4 en 2019) por la caída del consumo doméstico y del gasto público, mientras que auguran una mejora en la contribución de la demanda externa (pasa de restar 0,3 el año pasado a sumar 0,6 este año).

Sin embargo, si el impacto de los aranceles acaba por debilitar la demanda externa el PIB podría crecer por debajo del 2% previsto por esta institución.

 
Los agricultores deben de ser conscientes de que esas defensas comerciales existieron, de que existen para productos industriales dentro de la UE y que de hecho existen también para la agricultura en otros países ultraliberales como es el caso de EEUU

Las irresponsables decisiones de los políticos europeos siempre dañan a la agricultura, pero nunca la compensan por el daño ocasionado. Al veto ruso por la crisis de Ucrania, viene ahora a añadirse la subida arancelaria de EEUU a ciertos productos alimentarios, entre los que figuran el aceite, el vino, los quesos y los cítricos españoles, como represalia a los favores de la UE a la empresa fabricante de aeronaves europeo Airbus en detrimento de la estadounidense Boing.

En 2014 Europa imponía sanciones contra altos funcionarios, bancos, empresas y petroleras rusas, entre otros, por una supuesta injerencia de este país en el conflicto ucraniano ocasionado por un proceso separatista de la región prorusa del Donbas. Rusia había cruzado la frontera con un convoy humanitario, pero fue acusada por EEUU de que en realidad se trataba de material bélico para los insurgentes. Europa, que podía haber permanecido neutral, se posicionaba del lado de los EEUU. Pero las sanciones de la UE, como no podía ser de otro modo, tuvieron su respuesta, y en agosto de 2014 Rusia prohibía la exportación desde Europa de productos alimentarios. España, cuyos cítricos y hortalizas habían conquistado el mercado ruso, fue una de las grandes perjudicadas. De momento el veto ruso se extiende hasta el 31 de diciembre de 2020.

Y ahora, todos los medios de información se hacen eco de los daños a nuestra agricultura por la decisión del malo de Trump de subir los aranceles hasta un 25% a los productos agrícolas y un 10% a las aeronaves civiles a partir del próximo 18 de octubre.

Como siempre nuestros medios de desinformación no informan correctamente y se dejan arrastrar por sus fobias hacia el presidente americano para no contar las cosas como son.

Este conflicto económico no es nuevo, en realidad arrancó en el 2004 y las sanciones a Europa están respaldadas por la Organización Mundial del Comercio (OMC). La UE fue denunciada por EEUU ante la OMC por financiar proyectos del fabricante de aeronaves europeo Airbus que perjudicaban a su competidora, la empresa aeronáutica estadounidense Boeing. En 2010 la OMC como organismo arbitral, dictaminó que EEUU tenía razón y es ahora cuando la OMC ha autorizado a EE UU a imponer 7.500 millones de dólares anuales sobre la importación de productos europeos, para resarcirse de las subvenciones concedidas por la UE a la aeronáutica Airbus. Se calcula que dicha medida afectará a la exportación española por un valor aproximado de 1000 millones de euros.

Los dóciles sindicatos agrarios españoles, para simular que hacen algo, reclaman una respuesta contundente de Europa, pero cualquier respuesta tiene que venir avalada por la OMC y no se me ocurre ninguna medida contra EEUU que respalde la OMC y que pueda beneficiar a los agricultores españoles. Lo que estos sindicatos debieran pedir a Europa no es una guerra comercial con EEUU, sino que antes del 18 de octubre renegocien la sanción con EEUU para que no afecte a las exportaciones agrícolas. Moralmente es lo que debieran hacer; siempre se perjudica a los mismos por culpa de otros. Pero dudo que lo hagan, porque les resulta muy fácil perjudicar a un sector que no está debidamente defendido por los políticos ni representado.

Aun siendo cierto que la subida de aranceles en la exportación a EEUU es muy nefasto para ciertos productos agrarios y a pesar de que los medios de desinformación lo señalen como el gran problema de la agricultura española, en realidad el problema real de la agricultura española es la firma por la UE de acuerdos mal llamados de libre comercio, que permiten la entrada de productos agrarios no europeos sin límites en cantidades, sin aranceles compensatorios y sin ventanas que respeten los periodos de plena campaña en la producción europea. Es decir que el problema no es que un país ponga defensa comercial para proteger a los suyos, el problema está en que tú la quites y no protejas a los tuyos.

Prefiero cien veces al (piiiiiiiiiiiiip…) de Trump que defiende a los suyos, que a nuestros (piiiiiiiiiiiip…) que defienden a los de fuera.

Efectivamente, lo que debiera ser normal, que es que un país defienda comercialmente de la invasión de productos de fuera a sus productores, quienes a la postre son los que pagan impuestos y crean puestos de trabajo en el propio país, no solo no lo es, sino que nadie lo pide, ni siquiera los sindicatos agrarios politizados y subvencionados.

Esta apertura al libre comercio internacional, Europa no la realiza con países que pudieran beneficiar a la agricultura pero que harían un grave daño a la industria y a la tecnología europea, como pudiera ser el caso de China, EEUU o Rusia, y sí los firman con países que perjudican a la agricultura europea como son los países mediterráneos, los países Sudafricanos (SADC) y este mismo verano MERCOSUR, todos ellos con salarios muy bajos, monedas muy devaluadas, bajos impuestos y laxa o inexistente legislación medioambiental y fitosanitaria, que hacen imposible la competencia de la agricultura europea..

Para entenderlo mejor, pongamos el ejemplo de los cítricos, que es el que mejor conozco. Aproximadamente, el 92% de la exportación de cítricos españoles tiene como destino los países socios de la UE y alrededor de un 3% o menos se exporta a EEUU. Es decir que regulando muy poco nuestro mercado, corrigiendo cupos de los exportadores ajenos a la UE, sería muy fácil absorber ese 3%, pero no lo van a hacer y tampoco nadie lo va a pedir.

¿Qué ha cambiado en Europa para que se puedan firmar estos tratados tan nefastos para la agricultura? Efectivamente, algo ha cambiado para que esto pueda suceder. En Diciembre de 2009 entró en vigor el Tratado de Lisboa, en el que se eliminaba toda referencia al Principio de Preferencia Comunitario que se había establecido desde el Tratado fundacional de la CEE en Roma (año 1957), como Principio básico de la PAC, por el que, dentro de la UE, los productos europeos tenían preferencia a los de terceros países y por ello se establecían medidas defensivas comerciales como los aranceles, cupos de volumen y ventanas, de modo que existía una regularización del mercado europeo que evitaba la saturación de productos de fuera de la UE, los cuales entraban a complementar el mercado en las condiciones que se establecían para no dañar nuestra agricultura.

Volver a las defensas comerciales es de justicia, ya que un país tiene que proteger a los suyos. De hecho, así se hace con los trabajadores asalariados, para los que se establece un Salario Mínimo Interprofesional, unos convenios con unas condiciones laborales y unas fronteras que impidan la entrada indiscriminada al mercado del trabajo de trabajadores procedentes de paises muy pobres. Se imaginan que elimináramos todas estas protecciones, el caos del libre comercio laboral, sería tan grande que muchos estarían dispuestos a trabajar por un sitio donde dormir y algo que llevarse a la boca.

Pues los agricultores, 840.000 afiliados a la seguridad social agraria, no son ciudadanos de segunda y merecen también una protección
en forma de regulación del sector como de hecho se hacía con anterioridad al tratado de Lisboa.

El libre comercio internacional solo es justo entre países con parecido nivel de vida. Cuando las diferencias, como es el caso, son muy grandes, los grandes inversores huelen el negocio, se hacen con las tierras en aquellos países, las cultivan con mano de obra esclava, y arruinan nuestra agricultura familiar entrando sus productos en Europa sin aranceles de ningún tipo, ni siquiera en compensación por la brutal contaminación que ocasionan transportándolos con buques ultra contaminantes. No puede ser libre, ni ético, ni democrático lo que beneficia a unos pocos y perjudica a muchos.

Los agricultores deben de ser conscientes de que esas defensas comerciales existieron, de que existen para productos industriales dentro de la UE y que de hecho existen también para la agricultura en otros países ultraliberales como es el caso de EEUU. Por ello debemos de pedir que en Europa se implanten de nuevo las defensas comerciales y que, tras un estudio de los precios y de la economía de los países que exportan al mercado europeo, se establezcan:
  1. Aranceles compensatorios para evitar caídas de precios inaceptables para una mínima rentabilidad agraria
  2. Cupos de importación mensuales, por países y por variedades, adecuados a las necesidades reales de cítricos en el mercado europeo.
  3. Unos calendarios de importación realistas, que garanticen la no interferencia de cítricos de terceros países con la producción española.
  4. Establecer un impuesto medioambiental a aquellos productos de terceros países que no cumplan con la normativa medioambiental y fitosanitaria de la UE
Volvemos a elecciones y es el momento de exigir nuestras demandas. No podemos votar a aquellos partidos que sean partidarios o firmen acuerdos de libre comercio con países agrícolas. No podemos votar a aquellos partidos que solo dicen que defenderán a la agricultura, hay que votar a quienes dicen como. Pero no nos valen las limosnas, pan para hoy y hambre para mañana, hay que votar a quienes defiendan a los suyos, a sus ciudadanos, hay que votar por quienes claramente apuesten por establecer aranceles, cupos de volumen y ventanas, hay que votar por quienes pidan recuperar como principio básico de la PAC el Principio de Preferencia Comunitario por el que los productos europeos tengan preferencia en Europa y lo de fuera entre solo a complementar lo nuestro y en las condiciones que se señalen.