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Taj Gibson
Invitado
Está por ejemplo, ese olor nauseabundo que te golpeó una noche en el ascensor de la casa. Demasiado tarde, atrapada ya, entendiste la cara de susto que puso el vecino al abrirse las puertas y verte esperando para entrar. Ahora cada vez que te lo encuentras vuelves a oler los restos de esa evacuación larga y sonora que el tipo debió darse el lujazo de hacer, pensando que a esas horas el ascensor no pararía en ningún piso. Y, aunque sabes que es una ilusión de tu cerebro, no puedes evitar cierta cara de asco y pequeñas arcadas que suben por tu garganta cuando os cruzáis en el garaje.