La psiquiatría y la psicología de la muerte al servicio del estado
La psiquiatría desde siempre ha intentado ver qué hay dentro de la mente humana para descubrir el medio para controlarla. Desde la creación del Instituto Tavistock sus profesionales fueron convencidos de que tenían que actuar como un solo cuerpo y de manera organizada para aplicar sus estrategias. Sir John Rawling Rees, encargado de este instituto dedicado al estudio de la psicología y la psiquiatría como armas de guerra, los agrupó desde 1947, siendo Kurt Lewin, el descubridor de la psicología social escogido para dirigir la Clínica psicológica de Harvard, una vez que este instituto dejó de ser público para ser privado y controlado por la familia Rockefeller. Desde entonces el elenco de las enfermedades mentales, declaradas en los sucesivos registros de DSM (actualmente en la quinta versión revisada), conceptualizan, de acuerdo con la APA o Asociación Americana de Psiquiatría, cada una de estos síndromes con sus respectivos síntomas, de modo que todos los profesionales, incluidos los psicólogos, han de contar con el DSM V-R para ver si alguno de sus pacientes es un enfermo mental, en cuyo caso hay que recomendarle fármacos y tratamiento psiquiátrico.
Esta visión simplista de los problemas mentales se centra exclusivamente en la comunicación entre las células del cerebro mediante los neurotransmisores, así como entre distintas zonas de éste, sin estudiar otras causas. Cuando un psicólogo tiene un paciente ha de conocer las raíces del problema que se plantea y sólo partiendo de ello es posible llegar a una solución. Mas, en el caso de que haya un verdadero cuadro catalogado en el DSM V, no es posible limitarse a atacar a los síntomas sin más; es decir, no se puede concluir que es un caso de ese sujeto en particular y que los factores que intervienen son individuales o subjetivos. Hace años, cuando estaba haciendo mi maestría, pensé en hacer un estudio sobre ello. Fue así como elaboré mi tesis titulada “La globalización capitalismo y su relación con el Desajuste emocional…” Manejé cuatro variables: fundamentos, manipulación, disfuncionalidades en las interacciones sociales y mecanismos internos de desajuste emocional. Los fundamentos se referían a los de tipo religioso y capitalista, en forma de heurísticos y creencias que se encuentran en nuestro inconsciente; éstos tenían altas correlaciones (0.50 con la manipulación, 0.61 con las disfuncionalidades de las relaciones sociales y 0.63 con los mecanismos de internos de desajuste emocional. Otros valores estadísticos como el chi cuadrado daban una conexión superior a 99%. En otras palabras, los problemas que los psicólogos atendemos en nuestros consultorios vienen de fuera y la caótica y destructiva situación de las estructural social tiene mucho que ver, pasando a ser la causa principal. Habría que reformular por ello el paradigma científico para entender el origen y el tratamiento correcto de las enfermedades mentales y los desajustes emocionales, cada vez más frecuentes y no centrarnos en una visión mecanicista, cerrada y hermética que beneficia sólo a las farmacéuticas.
En estos tiempos que vivimos, cuando nos quieren imponer la agenda 2030 aunque nos resistamos, no es difícil inferir que todo ello puede tener un efecto en el modo en el que actúa la psiquiatría, que puede ser empleada como arma para callar a la disidencia. Cuando nos tratan de hacer creer en la ideología género, en la necesidad de las vacunas envenenadas o en la urgencia ante el cambio climático, así como dejar todos nuestros derechos al socaire de nuestros gobernantes para que tomen las mejores decisiones por el bien común, podría ser perfectamente una forma de castigo para dictaminar que alguien está fuera de la realidad. Ya se ha visto en muchos casos en los que se ha obligado a que los padres, que no quieren vacunar a sus hijos, pasen por un tratamiento psicológico, mientras a la madre se le da la custodia al ser decente y buena covidiana. Si estas creencias corren por los juzgados como las ratas despiadadas, podemos esperar cualquier evento de tan desagradable y de sorprendente signo.
Analicemos el caso de I.B.A.P, un joven, que ha sufrido el acoso judicial por parte del Juzgado de Primera Instancia número 6 de Santiago de Compostela por haber tenido un episodio psicótico por primera vez. En un auto, de acuerdo en el artículo 763.1 de la Ley de Enjuiciamiento Civil (que “faculta el Juez para autorizar el internamiento en Centro adecuado, para su tratamiento médico, de aquellas personas que, por padecer trastornos psíquicos, no están en condiciones de decidirlo por sí”) el médico forense aconseja su internamiento y el tratamiento de su problema a través de electroshocks, una técnica de muy dudosa eficacia, de acuerdo con lo señalado en la revistas “Papeles del psicólogos del año 2020, volumen 41 y número 2). Señala este artículo, entre otros, que en ninguno de los cinco estudios realizados antes de 1980 hubo diferencias entre la TEC real y la simulada (ambas con anestesia general), de acuerdo con el APA de 2001, que según Munk-Olsen, Laursen, Videsed, Mortesen y Rosemberg (2007) no sólo no cura en los casos de intentos de suicidio, sino que los incrementa tras el tratamiento por electroshock, que según Fosse y Read en 2013, Read, Harrop, Geekie y Renton (2017), afecta a la memoria de quienes las sufren, con efectos permanentes entre el 29 y 55% de los casos (Rosse, Wykens, Leese, Bindman y Fleishman, 2003) y que si los electrodos se ubican en el hemisferio más empleado los daños cognitivos son más graves y prolongados. Un lavado de cerebro perfecto, sin lugar a dudas, para dejarnos sin pasado al que recurrir para hacerles frente. Señala que “”el significado de los síntomas del paciente y el contexto en que aparecen se consideran irrelevantes y los esfuerzos del paciente por hablar sobre ellos y ver si alguien escucha su historia son a menudo rechazados”, Bental, 2011, p 63” (p.136 de dicha revista) y concluye afirmando de manera categórica: “La efectividad de la TEC se relaciona inversamente con la calidad metodológica de la evidencia científica disponible, y ha sido sobreestimada de forma general en la literatura psiquiátrica. Esto ha dado lugar a un desequilibrio entre creencias profesionales y resultados de la investigación. Si como sostenía Schneider la psiquiatría es una profesión de fe, más la necesita el terapeuta electroconvulsivo.” (p.138)
Obviamente que muchos estudios rinden pleitesía a la eficacia y a los escasos efectos secundarios, del mismo modo que explican los ministerios de salud con respecto a las vacunas que se han llevado por delante a millones de personas entre fallecidos y afectados de por vida por una enfermedad que no tenían. Llama muchísimo la atención que se pueda emplear el artículo 763.1 de la LEC como excusa para internar a una persona en un psiquiátrico por orden de un juez, porque sencillamente se considera que está fuera de su realidad oficial y que se emplee una medida tan peligrosa e insegura como un electroshock en el cerebro. ¿O es que ya se emplean las enfermedades mentales como medio para retirar de circulación a las personas peligrosas para la nueva agenda 2030 y sus planes, los que no se adapten tendrán que ser reeducados como hacen en China, sin orden de ninguno tipo y para ello se utiliza la autoridad que tienen actualmente los psiquiatras y los jueces, haciendo depender nuestros derechos de nuestra obediencia? Claro que esto no lo cuentan, pero sí pueden hacerlo lo ejecutan, saltándose a la torera lo que dice la Ley Estatal 44/2003 de 21 de noviembre o LOPS, en la que se subraya que la información que reciba el paciente ha de ser adecuada y éste, en base a dicha información, dará su consentimiento, so pena de incumplir unos cuantos derechos humanos. Pero esto no es extraño, pues a la hora de vacunarnos contra el covid el Estado no ha cumplido ni tan siquiera con los Protocolos de Nüremberg de 1947, ocultándonos efectos secundarios y muertes con engendros venenosos que empezaban a experimentarse en todo el mundo con un fin enigmático… ¿Matarnos y quitarnos de medio, y así reducir la población mundial incómoda? No sería nada extraño que el ministerio de sanidad, ni los centros de salud mental, artífices de este teatro nauseabundo, tampoco cumplan con los pacientes psiquiátricos ni con sus familiares…
El 21 de abril de este año, el diario Público señala que “el juzgado de primera instancia número 6 de Santiago de Compostela ha acordado archivar el caso del paciente que fue sometido a una terapia electroconvulsiva en el hospital provincial de Conxo por orden del juez”. No aprobada la suspensión del dicho tratamiento, solicitada por la familia del afectado, se infiere el grado en el que la justicia española se encuentra controlada por las élites sanitarias, hasta el extremo de no contradecir los entresijos ideológicos de las élites han impuesto a los organismos oficiales del estado español, incluyendo a los tribunales de justicia, incapaces del más mínimo análisis racional, por no mencionar el análisis de las pruebas documentales y científicas, muchas de ellas irrefutables, que podrían preservar la protección de los derechos más básicos de los ciudadanos españoles. Sin embargo, como buenos cómplices y en sus puestos para lo que se les piden, impiden que se haga justicia como es debido.
Esto es la psicología y la psiquiatría de guerra, esto es el arma desgarradora cuyo fin es crear el miedo, la ansiedad, la enfermedad, la locura, el caos y la muerte, en algún momento. Estas ciencias, que devienen oscuras como los mismos Rockefeller que en principios de siglo crearon los fármacos y la medicina moderna, son el mejor ejemplo de que no estamos tan lejos de aquellos regímenes fascistas en los que a los rebeldes se les encerraba por locos hasta que salieran como dulces corderitos dispuestos a ir al matadero cuando sus amos lo quisieran. Otro aspecto más de la agenda 2030 y la nueva dictadura sanitaria, pero esta vez para achicharrarnos el cerebro con un electroshock si nos resistimos a su estúpido y nauseabundo poder.
La psiquiatría y la psicología de la muerte al servicio del estado
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