La polémica ha llegado incluso al grupo ecologista Extinction Rebellion (XR), conocido especialmente por las escenas de desobediencia civil en nombre del medio ambiente organizadas en Reino Unido, que les valieron varias detenciones y enfrentamientos con la policía británica. La sección local de XR en East Midlands publicó un mensaje con una imagen que rezaba: "La tierra se está curando. El aire y el agua se están limpiando. ¡Corona [virus] es la cura. Los humanos son la enfermedad!". En un contexto en el que han fallecido ya más de 41.200 personas con Covid-19 y la Organización Mundial de la Salud advierte de que serán muchas más si la pandemia se extiende en países menos desarrollados, el comentario no sentó muy bien.
El ecofascismo como ideología, más allá del uso del término en los últimos años contra los activistas climáticos (al estilo de 'feminazi'), aúna ideas de los ambientalistas con las de la extrema derecha. Aunque hay discusión entre los expertos en el tema sobre su origen como tal, esta filosofía bebe también de conceptos nazis como la importancia del 'Lebensraum' (espacio vital) y el 'Blut und Boden' (sangre y suelo).
En la era de la crisis climática, los que comulgan con el pensamiento ecofascista no niegan que el medio ambiente esté colapsando, sino que abrazan ese colapso como una forma de construir un nuevo orden social que refleje sus ideas nacionalistas. "Aunque los ecofascistas se oponen a los ambientalistas contemporáneos, en muchas ocasiones se apropian de ideas del pasado del movimiento por el medio ambiente", afirma al respecto Jeff Sparrow, autor del libro 'Fascistas entre nosotros: Odio online y la masacre de Christchurch".
La ideología, en su versión más radical y violenta, ha dado luz a terroristas como el del tiroteo en El Paso (22 muertes), quien citó la "degradación ecológica" como motivación. "Si podemos librarnos de suficiente gente, entonces nuestro modo de vida será sostenible", se leía en su manifesto publicado en foros supremacistas. También fue una de las motivaciones del terrorista de Christchurch, en Nueva Zelanda.
En su versión menos radical, el ecofascismo bebería —y daría de beber— de posiciones que defienden que la reproducción de determinados grupos sociales y la sobrepoblación son la fuente de los males del planeta. Usualmente, las víctimas de esta línea de pensamiento ecofascista son siempre los países menos desarrollados, con sus alarmantes tasas de natalidad. Este neomalthusianismo va más allá de las ideas de Thomas Malthus, que en 1798 sostenía que un crecimiento poblacional incontrolado superaría la producción agrícola, y se aunaría con narrativas antiinmigración o de control poblacional de minorías y países en desarrollo.
"En el mejor de los casos, estos argumentos identifican correctamente la existencia de una dolencia societaria (escasez de recursos), y aun así llegan al diagnóstico equivocado (demasiada gente). En el peor, forman el pilar de las ideologías ecofascistas", sostiene Johnson en un artículo publicado en la revista estadounidense 'Verso'.
En el caso del coronavirus, serían necesarios cientos de miles de muertes para esa 'cura' del planeta.
"Es la misma lógica que usan los eugenistas para abogar por el control de la población, o los racistas para predicar el nacionalismo étnico y las políticas contra la inmigración en una era de emergencia climática. La discriminación y la muerte no son la forma de reducir las emisiones", asevera en este sentido Holthaus.
El ecofascismo como ideología, más allá del uso del término en los últimos años contra los activistas climáticos (al estilo de 'feminazi'), aúna ideas de los ambientalistas con las de la extrema derecha. Aunque hay discusión entre los expertos en el tema sobre su origen como tal, esta filosofía bebe también de conceptos nazis como la importancia del 'Lebensraum' (espacio vital) y el 'Blut und Boden' (sangre y suelo).
En la era de la crisis climática, los que comulgan con el pensamiento ecofascista no niegan que el medio ambiente esté colapsando, sino que abrazan ese colapso como una forma de construir un nuevo orden social que refleje sus ideas nacionalistas. "Aunque los ecofascistas se oponen a los ambientalistas contemporáneos, en muchas ocasiones se apropian de ideas del pasado del movimiento por el medio ambiente", afirma al respecto Jeff Sparrow, autor del libro 'Fascistas entre nosotros: Odio online y la masacre de Christchurch".
La ideología, en su versión más radical y violenta, ha dado luz a terroristas como el del tiroteo en El Paso (22 muertes), quien citó la "degradación ecológica" como motivación. "Si podemos librarnos de suficiente gente, entonces nuestro modo de vida será sostenible", se leía en su manifesto publicado en foros supremacistas. También fue una de las motivaciones del terrorista de Christchurch, en Nueva Zelanda.
En su versión menos radical, el ecofascismo bebería —y daría de beber— de posiciones que defienden que la reproducción de determinados grupos sociales y la sobrepoblación son la fuente de los males del planeta. Usualmente, las víctimas de esta línea de pensamiento ecofascista son siempre los países menos desarrollados, con sus alarmantes tasas de natalidad. Este neomalthusianismo va más allá de las ideas de Thomas Malthus, que en 1798 sostenía que un crecimiento poblacional incontrolado superaría la producción agrícola, y se aunaría con narrativas antiinmigración o de control poblacional de minorías y países en desarrollo.
"En el mejor de los casos, estos argumentos identifican correctamente la existencia de una dolencia societaria (escasez de recursos), y aun así llegan al diagnóstico equivocado (demasiada gente). En el peor, forman el pilar de las ideologías ecofascistas", sostiene Johnson en un artículo publicado en la revista estadounidense 'Verso'.
En el caso del coronavirus, serían necesarios cientos de miles de muertes para esa 'cura' del planeta.
"Es la misma lógica que usan los eugenistas para abogar por el control de la población, o los racistas para predicar el nacionalismo étnico y las políticas contra la inmigración en una era de emergencia climática. La discriminación y la muerte no son la forma de reducir las emisiones", asevera en este sentido Holthaus.