La generación idiota 🤪



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La gente se está poniendo rellenos en el lóbulo de la oreja para lograr “orejas de Buda de la suerte”​

La última tendencia de procedimientos cosméticos de Vietnam hace que las personas se inyecten rellenos de ácido hialurónico en los lóbulos de las orejas para lograr lóbulos alargados como los de Maitreya, también conocido como Buda que ríe, considerado un buen amuleto largo.

Los medios vietnamitas recientemente presentaron un salón de belleza en Quang Ninh, donde un número cada vez mayor de personas han estado solicitando rellenos de lóbulo de las orejas para cambiar su suerte. Creen que aumentando el tamaño de los lóbulos de sus orejas para emular los de Maitreya, símbolo de riqueza y buena fortuna, atraerán la prosperidad a sus vidas. Según los informes, los anuncios de este procedimiento también se han vuelto muy populares en las redes sociales, y muchos salones prometen procedimientos rápidos e indoloros a clientes supersticiosos.

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El propietario de un salón de belleza, al que se hace referencia solo como Mr.T, dijo a los periodistas vietnamitas que la mayoría de sus clientes para este procedimiento inusual son hombres mayores de 30 años que creen que la religión juega un papel importante en el éxito de su negocio. Sin embargo, las mujeres también han comenzado a pedirlo.

Según los informes, los procedimientos de relleno de oídos duran entre 15 y 20 minutos y se anuncian como generalmente seguros, sin efectos secundarios duraderos. Y algunos incluso prometen ajustar la forma y el tamaño del lóbulo de la oreja, si el cliente no está satisfecho.

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El ácido hialurónico es el relleno más utilizado para el agrandamiento del lóbulo de la oreja, siendo el ácido de origen surcoreano el más popular en el mercado. Aunque generalmente se considera seguro cuando lo inyectan profesionales, los procedimientos de aficionados y los rellenos de calidad dudosa pueden conducir a resultados desastrosos.

El sitio de noticias vietnamita Vietnamnet informó recientemente el caso de un hombre vietnamita que supuestamente quería obtener lóbulos de las orejas grandes y atractivos como el Buda que ríe, pero sin pagarle a alguien para que hiciera el procedimiento. Así que le pidió a un amigo que trabaja en un spa que le consiguiera ácido hialurónico para poder inyectárselo él mismo. no salió bien…

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Después de notar que el lóbulo de su oreja cambiaba de color y se deformaba, el hombre fue al hospital, donde los dermatólogos le diagnosticaron una úlcera necrótica en el lóbulo de la oreja. No está claro si fue causado por haber inyectado el ácido hialurónico en un vaso sanguíneo por accidente, o simplemente por la baja calidad del ácido.

Los médicos del Hospital Ho Chi Minh también informaron del caso de otro hombre que, “debido a la naturaleza de su trabajo”, tuvo que colocarse lóbulos de las orejas de Buda y terminó con tejido granulomatoso inflamado que tuvo que extirparse. Los médicos sospecharon que el hombre inyectó silicona en lugar de ácido hialurónico. Sus lóbulos tuvieron que ser reconstruidos quirúrgicamente.

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Después de que el procedimiento se volvió viral en las redes sociales vietnamitas, los médicos comenzaron a advertir que aquellos interesados en los lóbulos de las orejas de Buda solo se informan y educan cuidadosamente antes de someterse al procedimiento. Y si usted es tan supersticioso , tener el procedimiento realizado en instalaciones acreditadas, por profesionales experimentados también es, obviamente, extremadamente importante.

 

Acude drogado y con el carnet suspendido a un control para recoger a un amigo bebido​

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Los Mossos d'Esquadra detuvieron este fin de semana a un joven que circulaba drogado, con el carnet suspendido, sin seguro y con el coche dado de baja.

Y es que, según informaron los Mossos d'Esquadra, este pasado domingo por la mañana, durante un control rutinario en la carretera GIV-6703 a la altura de Els Àngels –Girona– detuvieron a un joven conductor que circulaba drogado, con el carnet suspendido, sin seguro y con el coche dado de baja.

La historia se vuelve aún más ridícula cuando descubren que iba a buscar a dos amigos que habían sido parados precisamente por dar positivo en alcohol y drogas.

Poco antes del mediodía, los Mossos detuvieron dos vehículos para realizarles un control rutinario ya que éste coincide además con el primer fin de semana de la Semana Santa.

Tras hacerles bajar de sendos coches, uno da positivo en drogas y otro en alcohol. Entonces, este último decide llamar a un amigo para que los vaya a recoger. Se desconoce si éste le avisó de que estaba detenido en un control de la policía.

Es entonces cuando la situación recibe un giro de guión inesperado, más propio de una película de Hollywood. Al llegar allí, los Mossos comprueban la matrícula del joven que ha ido a buscarles y descubren que el vehículo estaba dado de baja y, por consiguiente, no tenía seguro en vigor.

Le hacen bajar del automóvil y mientras le realizan a él también una prueba de control de estupefacientes les notifican de que, este chico, tiene el permiso de conducir suspendido temporalmente por orden judicial.

Para rizar el rizo y completar el pleno, los resultados del test de drogas dan positivo por consumo reciente, con lo que él también termina retenido.

A cierre de esta noticia se han abierto diligencias y el infractor ha sido denunciado por circular drogado, con el carnet suspendido, sin seguro y con el coche dado de baja.


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Cada vez más tontos​

Aunque parezca increíble, hasta hace poco se creía ilusamente que la inteligencia media de la población crecía año tras año, generación tras generación. Se trata, desde luego, de una creencia por completo mentecata, pero en cierto modo consecuencia inevitable del optimismo antropológico subyacente en las ideologías progresistas (y todas las ideologías vigentes lo son). Pues el progresismo, más allá de que disfrace sus postulados defendiendo el progreso técnico, científico o político, lo que verdaderamente afirma (lo que constituye su ‘meollo místico’) es el ‘mejoramiento’ de la naturaleza humana (de ahí que esté tan empeñado en ‘ampliar’ derechos), su perfeccionamiento constante, su progresiva divinización, que se logrará plenamente cuando el hombre por fin haya renegado de todas las rémoras supersticiosas que lastran su ascenso.

El científico neozelandés James Robert Flynn, que se dedicó al estudio de la evolución del coeficiente intelectual mundial, observó que la tasa de dicho coeficiente subía cada año dos o tres puntos. Sólo al que asó la manteca se le ocurriría pensar que las pruebas que calculan el coeficiente intelectual sirven para medir la inteligencia real de una persona; pero el cientifismo gusta de estas supercherías. Más delirante aún resulta que se acepte como si tal cosa que cada año el coeficiente intelectual mundial sube «dos o tres puntos», en lugar de concluir que todo el mundo se ha habituado tanto a los test que presuntamente miden la inteligencia y, por lo tanto, responde con mayor destreza a los retos que plantean. Pero este delirio preconizado por Flynn hizo fortuna entre el estamento científico; y así llegó a considerarse seriamente que, en apenas medio siglo, la capacidad del ser humano para razonar, crear, inventar, imaginar y resolver problemas… ¡se habría duplicado! Aunque estamos acostumbrados a leer en la prensa este tipo de supercherías cientifistas, nos sigue sorprendiendo su desfachatez.

Entre las causas de este curioso fenómeno, podría contarse el empobrecimiento rampante del lenguaje que padecemos

Pero, de repente, hacia finales de los años noventa del pasado siglo, esta tendencia empezó a invertirse. De repente, el nivel de inteligencia empezó a estancarse, incluso a decrecer misteriosamente; y así ha ocurrido desde entonces. Desde luego, unos resultados cada vez mejores en estas pruebas no revelan necesariamente que la inteligencia media de la población crezca, sino tan sólo que la población ha desarrollado habilidades que le permiten resolverlas mejor, por estar habituada a resolver pruebas parecidas en multitud de situaciones cotidianas (desde los exámenes académicos hasta los test psicotécnicos que se exigen para cualquier zarandaja). Sin embargo, unos resultados decrecientes revelan como mínimo que, pese a estar cada vez más habituados a este tipo de pruebas, interfieren problemas cognitivos que dificultan su comprensión. Tal vez hablar de una ‘pérdida de inteligencia’ resulte demasiado traumático; pero parece evidenciar que ha surgido un problema que antes no existía, un obstáculo imprevisto que enfría aquel majadero optimismo antropológico que soñaba con inteligencias prodigiosas que dejasen las de Aristóteles o Santo Tomás de Aquino convertidas en cagarrutillas birriosas.

¿Qué ha podido ocurrir? Christophe Clavé, en su obra Les voies de la stratégie, apunta que, entre las causas de este curioso fenómeno, podría contarse el empobrecimiento rampante del lenguaje que padecemos. Un empobrecimiento que Clavé ejemplifica con la reducción creciente del vocabulario que empleamos en nuestras conversaciones, pero también con la creciente dificultad que experimentamos a la hora de expresar un pensamiento complejo, o de captar las figuras retóricas que se emplean (cada vez menos) en el lenguaje literario, o los razonamientos sutiles propios del lenguaje filosófico. Evidentemente, allá donde las palabras escasean y las estructuras sintácticas que las cobijan se simplifican, nuestro pensamiento se agosta y acaba por esclerotizarse, o bien balbucea impotente ante los retos que se le plantean y acaba por mostrarse incapaz de comprender y explicar las cosas más elementales. De ahí que cada vez resulte más sencillo (basta repetir machaconamente una simple consigna sistémica) generar entre la población un número creciente de personas que reaccionan de forma ‘programada’, obedeciendo los mandatos más absurdos o desarrollando fobias desquiciadas. De ahí también que a tantas personas les resulte tan difícil abandonar el ‘marco mental’ hegemónico: pues, aunque instintivamente saben que las consignas sistémicas que machaconamente les imponen son filfa, descubren consternadas que son incapaces de formular razonamientos que las rebatan.

El lenguaje, al fin, es logos; y allá donde faltan las palabras se muere la razón.

 
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Ella se define como una “objectum sеxual” o lo que es lo mismo: un ser humano que tiene “relaciones importantes con objetos y no con gente” de tipo “emocionales, espirituales y románticas”, explica la propia Erika a Samantha. Explica que sus relaciones sentimentales con objetos empezaron cuando “tenía 14 años más o menos” y que Calypso cree que es “su séptima compañera” y que está “enamorada” de ella. @losreplicantes

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