Geoingeniería y chemtrails: La verdad al desnudo 🛩️

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HOY EN COLMENAR VIEJO (MADRID)
 

No es un bulo: localizan cuatro cañones para disolver tormentas de granizo en la Comunidad Valenciana​

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Cañón antigranizo instalado en una finca agrícola en Gavarda (Valencia)

Finalmente la incógnita se ha resuelto, los cañones de propagación de ondas de choque en la estratosfera para deshacer tormentas de granizo existen y no forman parte de ninguna teoría de la conspiración.

La insistencia del senador de Compromís, Carles Mulet, que denunció en el Senado la utilización de estos sistemas, tras recibir las quejas de vecinos de varias localidades valencianas y del sur de Tarragona, obligó a la puesta en marcha de una investigación por parte de la Confederación Hidrográfica del Júcar, a petición del Gobierno, que ha permitido la localización de cuatro de estos cañones en las localidades de Gavarda (Valencia) y San Rafael del Río(Castellón).

En los informes emitidos por el Servicio de Policía de Aguas y Cauces Públicos, tras las inspecciones sobre el terreno los días 18 y 19 de enero de 2022, se constata la instalación de cuatro de estos cañones en dos explotaciones agrícolas.

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Por este motivo, la Confederación Hidrográfica del Júcar ha comunicado la Propuesta de incoación de procedimiento sancionador a los propietarios de estas instalaciones, solicitando a su vez las licencias correspondientes para su instalación, de las que al parecer carecen. "A base de mucho insistir porque estos cañones no están regulados, ni autorizados, ya que es una actividad nueva sin regular, conseguimos que se realizara la investigación y la apertura de los expedientes, aunque no sabemos en qué va a terminar", explica Carles Mulet, senador de Compromís.

Contaminación acústica y alteración de las tormentas​

Los cañones de propagación de ondas de choque en la estratosfera, lanzan ondas sónicas a 11.000 metros de altura, a una velocidad de 333 m/s y con una potencia de 133 dB con el objetivo de que las ondas expansivas se adentren en las nubes y disuelvan el granizo para convertirlo en lluvia.

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"Con estos cañones los agricultores buscan una alternativa más económica a los seguros agrícolas para evitar los daños en las cosechas", explica Mulet.

Una práctica denunciada por los vecinos de las localidades afectadas, ya que aseguran que provocan un ruido intenso y generan numerosas molestias al dispararse en ocasiones de noche alterando el descanso.

Por su parte, diferentes asociaciones agrícolas como la Federación de Cooperativas Agrarias (FECOAM) también han denunciado lo que consideran "prácticas ilegales con resultados imprevisibles, al alterar el balance energético de las tormentas".

 

Llevamos décadas "sembrando nubes" para combatir la sequía. Ahora sabemos que servía para más bien poco​

Si algo tienen en común las danzas cheroquis y las cestas de huevos para Santa Clara es que ambas muestran que la humanidad lleva tiempo soñando con que puede cambiar el clima. Soñamos con que llueva cuando queremos. Y con que deje de hacerlo cuando no nos conviene. Ahora a esa aspiración, tan vieja como la humanidad misma, se suma un nuevo aliciente: la sequía. A lo largo de las últimas décadas la falta de lluvias ha tomado tintes históricos, un problema que irá a mayores.

Con ese telón de fondo algunos territorios apuestan por la "siembra de nubes". Suena futurista, pero la técnica se remonta a mediados del siglo pasado y tenemos datos suficientes para valorar su efecto con perspectiva. La cuestión es, con todo ese bagaje acumulado: ¿Funciona o no funciona?

Sembrar los cielos para generar precipitaciones. La siembra de nubes consiste en liberar partículas de yoduro de plata u otros aerosoles en nubes que cumplen ciertas características con un objetivo claro: causar lluvia o nevadas. En The Conversation el profesor William R. Cotton detalla que el sistema opera con varios enfoques que se diferencian, básicamente, por el tipo de nube: si está sobreenfriada o es cálida y requiere materiales higroscópicos, capaces de absorber la humedad. A la hora de actuar, los expertos pueden rociar con aviones, desde tierra o incluso usar cohetes.

Aunque algunos científicos habían teorizado antes sobre los cristales de hielo, los orígenes del sistema se remontan a los años 40 del siglo XX y las investigaciones de Vince Schaefer, de General Electric. Tras sus pruebas en el laboratorio, en 1946 Schaefer roció hielo seco triturado sobre nubes con estratos sobre enfriados. El proyecto no tardó en atraer el interés del ejército de EEUU.

Sobre la mesa desde hace décadas. La promesa de aumentar las precipitaciones casi a la carta, cuando son más necesarias, captó hace tiempo el interés de los gobiernos. Y lo sigue haciendo a día de hoy. En Emiratos Árabes Unidos (EAU) recurren a flotas de drones para sembrar nubes y generar lluvias artificiales y en China quieren tener cubierto 5,5 millones de kilómetros cuadrados, más o menos el 60% de su territorio, con programas de este tipo para mediados de la década.

Al otro lado del Atlántico, en EEUU hay diferentes estados, como Idaho, Utah, Colorado o California, que han apostado por operaciones similares para combatir la sequía. La misma estrategia se sigue en el oeste, donde la agencia NOAAA prevé que el problema se agrave esta primavera.

...También en España. El sistema no se ha utilizado solo en las regiones desérticas de Oriente Medio, América o Asia. En España también hemos experimentado con técnicas de modificación del tiempo. En la Comunidad de Madrid o Aragón, por ejemplo, aplican desde hace tiempo una filosofía parecida con un objetivo algo distinto: evitar las granizadas que pueden destruir los cultivos. Hace cuatro décadas, entre 1979 y 1981, en Valladolid le daban vueltas también a un proyecto con la Organización Meteorológica Mundial (OMM) para intensificar las precipitaciones.

Ni simple, ni mágico. Con la experiencia que da ya casi medio siglo de pruebas, los expertos advierten: la siembra de nubes no es una solución sencilla ni mágica. "No es tan simple y puede que no sea tan prometedora como la gente desea", advierte el profesor Cotton: "Los experimentos que producen nieve o lluvia requieren el tipo correcto de nubes con suficiente humedad y condiciones adecuadas de temperatura y viento. Los aumentos porcentuales son pequeños y es difícil saber cuándo la nieve o la lluvia cayeron naturalmente y cuándo se desencadenó por la siembra."

Alentadores, sí; pero lejos todavía de las expectativas. Cotton va más allá y reconoce que, aunque se han desarrollado experimentos "alentadores", no han alcanzado "el nivel de importancia" que vaticinaban hace décadas Schaefer y sus compañeros. "La mayoría de los estudios destinados a evaluar los efectos de la siembra de cúmulos han mostrado poco o ningún efecto. Sin embargo, los resultados de sembrar nubes orográficas de invierno (nubes que se forman cuando el aire se eleva sobre una montaña) han mostrado aumentos en la precipitación", precisa el experto.

El profesor emérito de la Universidad Estatal de Colorado (CSU) aporta algunos datos para la reflexión. Por ejemplo, la disparidad de cifras que arrojan los estudios que intentan medir cuánta lluvia o nieve es achacable a la siembra de nubes. En un experimento de Australia han llegado a señalar incluso que las nevadas se han incrementado un 14%. Otra investigación de 2014 centrada en las montañas de Wyoming señalaba que a pesar de que la región era adecuada para la siembra de nubes durante buena parte del año el aumento de la capa de nieve no pasaría del 1,5%.

Ni varitas mágicas ni fracasos rotundos. ¿Significa eso que la siembra de nubes no sirve para nada? En absoluto. En su artículo, el propio Cotton detalla resultados y cita un estudio de 2020 en el que se constató cómo apenas 20 minutos después de la siembra se registró una nevada que dejó la décima parte de un milímetro de nieve en algo más de una hora. La clave, como él mismo indica también, es que puede no ser tan "prometedor" como se llegó a pensar en su día, hace años.

Hay investigaciones que concluyen con rotundidad que la siembra de nubes es efectiva, si bien coinciden en que aún queda trabajo por delante. "Funciona. Lo sabemos por experimentos en el laboratorio. También tenemos suficientes evidencias de que funciona en la naturaleza. Realmente, la cuestión es: aún no tenemos un gran conocimiento de la cantidad de agua que podemos producir", explica Katja Friedrich, científica atmosférica y autora del estudio SNOWIE, que pretendía mostrar precisamente, sin ambigüedades, que la siembra puede ayudar al incremento de las nevadas.

Un momento clave para resolver dudas. "En términos de investigación, este es un momento realmente emocionante para la siembra de nubes", coincide Sarah Tessendorf, otra de las autoras de SNOWIE, estudio que, a pesar de sus conclusiones, presenta ciertas carencias, como que no abarca todos los contextos, que sus resultados para un territorio pueden no ser extrapolables o que durante sus pruebas no siempre se observó un aumento de nevadas después de los ciclos de siembra.

Su campo de estudio se está beneficiando en cualquier caso de los avances en otras áreas del conocimiento. La doctora Linda Zou, profesora de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Khalifa, explicaba hace poco a la revista IMT Technology Review cómo está aprovechando los avances en el área de la nanotecnología y nanociencia para crear materiales de siembra que garanticen que la condensación del vapor se produce de una "manera efectiva y maximizando la precipitación".

No es (la única) respuesta a la sequía. Lo que sí parece claro es que la siembra de nubes no debería ser nuestro único recurso en la lucha contra la sequía. "Es solo otra herramienta en la caja", explica Mikel Eytel, especialista en recursos hídricos del Distrito del Río Colorado, a la revista Yale Environment 360: "No es la panacea que algunas personas piensan que es".

Hay otros hándicaps que desaconsejan fiarlo todo a la modificación artificial del tiempo. Por ejemplo, como recuerda el mismo medio de Yale, durante una sequía prolongada es probable que los expertos dispongan de menos tormentas susceptibles de "siembra". E incluso cuando las hay, las empresas especializadas calculan que el aumento de las precipitaciones es del 10% en zonas concretas.

Costes razonables y con la confianza ganada. A su favor, la siembra tiene algunos factores relevantes. Quizás el más importante es que ya se ha ganado la confianza de buen número de países e instituciones. Según los datos que maneja la OMM, en 2017 había más de 50 países con programas de modificación del clima en marcha, iniciativas que buscaban desde inducir el aumento de la lluvia y nieve a suprimir los efectos del granizo en los cultivos. Solo la NOAA ha recibido a lo largo de los últimos 20 años decenas de propuestas que suman alrededor de 800 informes.

Otro de sus puntos fuertes es que, aunque evidentemente los programas de siembra de nubes exigen fondos, su costes son relativamente bajos cuando se comparan con los resultados. Incluso, recuerdan desde Yale, en el caso de que los informes exageren el efecto de las campañas. Con el tiempo esa fortaleza podría ser incluso mayor gracias a trabajos como el que desarrolla la doctora Linda Zou, de la Universidad de Khalifa, que busca "escalar la producción y reducir el costo".

Impacto menor en el medio y... en el momento justo. Además de razonablemente económica, la siembra tampoco parece tener un gran impacto perjudicial. El propio Cotton reconoce que, a pesar de lo que se pueda creer habitualmente, "los efectos negativos parecen ser menores": "El ion de plata es un metal pesado tóxico, pero la cantidad de yoduro de plata en la capa de nieve sembrada es tan pequeña que se debe usar instrumentación extremadamente sensible para detectar su presencia".

Aunque si de buscar fortalezas se trata, sin duda la principal tanto para la siembra como para cualquier otra estrategia que quiera combatir la sequía es que el problema parece haber entrado en la agenda pública. El motivo: una realidad que aprieta cada vez más. El informe presentado en 2021 por el Ministerio de Transición Ecológica sobre el impacto del cambio climático muestra que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX se ha detectado una reducción de entre el 10 y 20% de los recursos hídricos disponibles y más del 75% del territorio español está en riesgo de desertificación.

 

Geoingeniería solar: por qué importantes científicos se oponen a la idea respaldada por Bill Gates para frenar el calentamiento global​

Humo de un incendio en el cielo


En un futuro no muy lejano, la Tierra enfrenta las trágicas consecuencias de un experimento diseñado para detener el cambio climático: arrojar químicos al cielo para formar una barrera contra los rayos del sol que calientan el planeta.

El intento falla y el mundo entra en una realidad posapocalíptica.

Esa es la trama de "El expreso del miedo", un film de 2013 dirigido por el surcoreano Bong Joon-Ho, el reconocido cineasta de "Parasite".

Pero no todo lo que plantea la película es ciencia ficción. Esa posible estrategia contra el calentamiento global de la que habla el film existe en la realidad: se trata del principio de la geoingeniería solar.

Existe un centro de investigación en la prestigiosa Universidad de Harvard, en Estados Unidos, dedicado a estudiar este concepto.

El multimillonario Bill Gates es uno de sus grandes entusiastas, y ha donado millones para su investigación.

También es real la monumental tarea que tenemos de limitar el aumento de la temperatura global a 1,5°C y que las catástrofes climáticas serán algo rutinario en el mundo en el futuro cercano.

El pasado lunes 4 de abril el brazo de la Organización de Naciones Unidas (ONU) dedicado al cambio climático publicó un nuevo informe, que trae un ultimátum: es ahora o nunca si queremos evitar sequías severas, calor extremo, inundaciones devastadoras y extinción masiva de especies.

Si no se logran las metas establecidas y los cambios tienen resultados modestos, la temperatura promedio en el mundo aumentará en un rango de entre 2,1°C y 3,5°C.

Algunos expertos temen que la geoingeniería solar cobre fuerza como solución en este momento de desesperación, incluso a pesar de que existe la posibilidad de que genere efectos colaterales irreversibles en lo ambiental y peligrosos en lo político: la técnica podría ser utilizada como un arma de guerra impredecible, advierten.

Pero otros afirman que no se puede renunciar a buscar soluciones ante la urgencia del cambio climático, línea de razonamiento adoptada por Bill Gates.

En enero de este año, más de 60 científicos de varios países lanzaron una iniciativa para directamente prohibir el desarrollo de la técnica, que solo ha sido estudiada en simulaciones por computadora y requiere pruebas de campo.

Esa propuesta advierte que, además de los resultados potencialmente desastrosos, la geoingeniería solar no resolvería completamente el problema del calentamiento global, un punto admitido por los partidarios del concepto.

Y podría desviar la atención de la obligación más importante que se ha ignorado: la de reducir significativamente las emisiones de dióxido de carbono (CO2), que retiene el calor en la atmósfera.

BBC News Brasil habló con cinco científicos de Brasil y EE.UU., algunos críticos y otros defensores, para explicar las implicaciones de la geoingeniería solar.

¿Cómo funciona?​

La erupción del volcán Pinatubo en Filipinas, en 1991


Existen diferentes técnicas que se clasifican como geoingeniería solar, incluidas algunas que intervienen en las aguas del océano en lugar de la atmósfera.

Sin embargo, el principio de la técnica más debatida en la actualidad se inspira en las grandes erupciones volcánicas y se denomina inyección de aerosoles en la estratosfera.

En 1991, el monte Pinatubo, en Filipinas, provocó la segunda mayor erupción de un volcán en el siglo XX, que dejó más de 800 muertos y 10.000 personas sin hogar, además de una estela de destrucción.

También se observó un fenómeno natural: la lava y las cenizas expulsadas por el Pinatubo provocaron que toneladas de dióxido de azufre en la estratosfera actuaran como una especie de espejo para los rayos del Sol.

"Cuando hay mucho hollín y partículas sólidas en la atmósfera superior, la radiación solar se encuentra con estos aerosoles cuando ingresa a la atmósfera y se refleja de regreso al espacio", explica Tércio Ambrizzi, profesor del Instituto de Astronomía, Geofísica y Ciencias Atmosféricas de la Universidad de Sao Paulo (USP).

"La radiación solar no puede pasar y alcanzar la superficie de la Tierra, evitando que genere una temperatura alta", añade.

Los científicos notaron que los efectos de la actividad volcánica del Pinatubo en 1991 llevaron a una caída de 0,5°C en la temperatura global en los años siguientes, una tasa considerada significativa.

"La idea de la geoingeniería solar es inyectar aerosoles en la estratosfera para inhibir esa afluencia de energía solar. Y con eso estarías induciendo un enfriamiento", dice Ambrizzi.

Gráfico que muestra cómo funciona la geoingeniería solar


"Sabemos que el motivo de la desaparición de los dinosaurios fue la caída de un meteorito. Existe la teoría de que el impacto provocó una serie de explosiones volcánicas por todo el planeta, generando una capa de aerosol que impidió la entrada de energía solar y bajó la temperatura global".

Para intentar reproducir el fenómeno, la idea es construir aviones especiales para llegar a la estratosfera (en un rango de unos 20-30 km de altitud) y verter compuestos químicos, como sulfatos y sus variaciones.

Este objetivo se considera bastante factible desde un punto de vista tecnológico.

Otro factor a favor de la geoingeniería solar es su costo: US$10.000 millones anuales es la estimación más alta, un valor bajo en comparación con las pérdidas futuras por el calentamiento global, calculadas ya en billones.

Pero Stephen M. Gardiner, de la Universidad Estatal de Washington, que estudia cuestiones éticas en los problemas ambientales y su impacto en las generaciones futuras, dice que hay consenso "entre los científicos responsables" de que el concepto sigue siendo altamente especulativo.
"Incluso si decidiéramos impulsar con fuerza la investigación en este campo, sería una carrera contrarreloj desarrollar algo que solo se pondría en práctica dentro de décadas e inevitablemente implicaría un gran riesgo".

Para Gardiner, la creciente atención que acapara la geoingeniería solar es producto de la desesperación que se apodera de quienes son conscientes de la catástrofe climática en el horizonte.

"Se está saliendo de control. Es difícil lidiar con los fracasos persistentes de los enfoques convencionales, como los acuerdos (climáticos) de Kioto y París".

"Así que la gente está empezando a aferrarse a cualquier cosa. Incluso a eventos altamente especulativos, inherentemente riesgosos y potencialmente geopolíticamente desestabilizadores como este".

El profesor de la Universidad de Washington dice que la geoingeniería solar implicaría una profunda concentración de poder político y necesitaría nuevas instituciones globales más poderosas y más éticas que las que tenemos hoy.

"Sin eso, ¿quién ejercería el poder de la geoingeniería? Parece inevitable que de esta manera sería una superpotencia, lo que crearía conflictos con otras grandes potencias", dice Gardiner.

Ambrizzi, de la USP, dice que "no se tiene control sobre hacia dónde van los aerosoles inyectados en la atmósfera. Porque en la alta atmósfera hay flujos de viento, hay una circulación intensa en la estratosfera".

"Sin ese control, se pueden desestabilizar regiones que están equilibradas".

"Supongamos que Brasil decide hacer este experimento, pero Argentina no. Las temperaturas promedio comienzan a bajar aquí, pero aumentan en territorio argentino o disminuyen mucho más que las actuales".

"El gobierno argentino no ha dado su consentimiento para eso. Imagine, por ejemplo, que el país pierda toda su producción vitivinícola y decida demandar a Brasil".

También señala el alto grado de incertidumbre existente en los modelos actuales de pronóstico del tiempo y el clima, lo que refuerza la imprevisibilidad de la geoingeniería solar en su etapa actual.

En defensa​

David Keith, profesor de física aplicada y política pública en la Escuela Kennedy de Harvard, es uno de los principales nombres citados al hablar del tema.

"Mi lectura es que existe una fuerte evidencia de que la geoingeniería solar podría reducir significativamente algunos riesgos climáticos en la segunda mitad de este siglo", dice Keith.

"Los modelos climáticos muestran consistentemente que una combinación de reducción de emisiones y geoingeniería solar uniforme y consistente reduciría las temperaturas medias y máximas más que la reducción de emisiones por sí sola".

"Dada la evidencia de que un aumento adicional de 1°C dañaría más a las regiones más cálidas del planeta, y dado que los más pobres y vulnerables se concentran en estas regiones cálidas, parece probable que la geoingeniería solar sería particularmente eficaz para reducir los riesgos en estos lugares", añade.

Holly Jean Buck -autora de "Después de la geoingeniería: tragedia climática, reparación y restauración"- defiende esta técnica debido a los riesgos que plantea el cambio climático.

Coincide en que es necesario entender cuáles serían los impactos de la geoingeniería solar en el planeta y que se necesitan muchos estudios antes de ponerla en práctica.

"Sin embargo, la petición [contra el desarrollo de la técnica] exige medidas que afectarían la capacidad de financiar, realizar y evaluar una investigación de manera transparente".

Ambos reconocen que existe el riesgo de que la geoingeniería solar distraiga del foco principal, la reducción de las emisiones de carbono, y que la técnica solo funcione como un complemento a ese objetivo.

"Paliativo"​

Emilia Wanda Rutkowski -profesora de la Facultad de Ingeniería Civil, Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Estatal de Campinas (Unicamp)- fue una de las firmantes del documento que pide una moratoria al desarrollo de la geoingeniería solar.

"Tratar de encontrar una solución sin cambiar la esencia del problema [del calentamiento global] no es una solución real", dice Rutkowski.

Ella afirma que se está "dilatando" el problema.

"¿Por qué no empiezas con lo que sabes es la causa principal?", se pregunta.