Creando masa crítica contra el Nuevo Orden Mundial 🏛️

Merck pretende que se le autorice una píldora contra el virus en cuyas pruebas ha habido un 35% de participantes que han sufrido efectos secundarios de los que no informan​

Parece que el negocio del virus es tan sumamente grande que las farmacéuticas que se han quedado un poco rezagadas buscan ahora su millonaria porción. La última en apuntarse ha sido la farmacéutica Merck que ha producido una píldora contra el coronavirus con Ridgeback Biotherapeutics llamada molnupiravir. Ahora ha pedido al gobierno estadounidense que ese medicamento sea autorizado, también, como uso de emergencia.

En las pruebas de molnupiravir han participado 775 adultos con síntomas de COVID-19 leves a moderados que se consideraba que tenían un mayor riesgo de enfermedad grave debido a problemas de salud. Los adultos que tomaron la píldora de molnupiravir de Merck dentro de los cinco días siguientes después de mostrar los síntomas de COVID-19 experimentaron aproximadamente la mitad de la tasa de hospitalización y muerte en comparación con los pacientes que recibieron un placebo, según la investigación de la compañía. Pero no se ofrece ningún dato ni de uno, ni de otro.

La experimentación requirió, también, que los pacientes tomaran la píldora de molnupiravir dos veces al día durante cinco días. Los resultados mostraron que el 7.3% de los pacientes que tomaron molnupiravir fueron hospitalizados hasta el día 29, mientras que el 14.1% de los pacientes que tomaron la píldora simulada fueron hospitalizados o murieron. Además, molnupiravir demostró eficacia contra las variantes gamma, delta y mu. Esto siempre según la compañía, pero sin aportar ningún dato excepto pordentajes.

Lo más llamativo de esta experimentación es cuando nos hablan de los efectos secundarios del medicamento. Según informa la propia compañía, un 40% de los participantes a los que se les administró placebo sufrieron ¿efectos secundarios? Mientras de los participantes a los que se les administró el medicamento que pretenden que se les apruebe lo sufrió un 35%. Aunque atentos, que aquí viene lo bueno: no han informado sobre los efectos secundarios que han sufrido, ¿les suena de algo?

El caso es que para Robert Davis, director ejecutivo y presidente de Merck, “con estos resultados convincentes, somos optimistas de que el molnupiravir puede convertirse en un medicamento importante como parte del esfuerzo mundial para combatir la pandemia”, como no podía ser de otra forma. Otro “invento” que no nos inspira ninguna confianza, más bien todo lo contrario.

 

El Comité de Evaluación de Riesgos de Farmacovigilancia de la Agencia Europea de Medicamentos alerta sobre 2 nuevos y peligrosos efectos secundarios en la vacuna de Janssen​

En un reciente comunicado publicado en su página web, concretamente del 1 de octubre, el Comité de Evaluación de Riesgos de Farmacovigilancia de la Agencia Europea de Medicamentos ha alertado sobre dos nuevos y peligrosos efectos secundarios en la vacuna contra el virus que comercializa Johnson & Johnson.

Por un lado, ha alertado sobre su “vínculo con casos raros de tromboembolismo venoso (TEV)”. También ha alertado sobre otro efecto secundario “muy poco común” de “trombosis con síndrome de trombocitopenia (TTS) (es decir, coágulos de sangre con plaquetas bajas)”.

El comunicado dice que “la TEV es una afección en la que se forma un coágulo de sangre en una vena profunda, generalmente en una pierna, brazo o ingle, y puede viajar a los pulmones y causar un bloqueo del suministro de sangre, con posibles consecuencias potencialmente mortales. Este problema de seguridad es distinto del efecto secundario muy poco común de la trombosis con síndrome de trombocitopenia (TTS) (es decir, coágulos de sangre con plaquetas bajas)”.

“El TEV se incluyó en el plan de gestión de riesgos de la vacuna COVID-19 Janssen como un problema de seguridad que debe investigarse, sobre la base de una mayor proporción de casos de TEV observados dentro del grupo vacunado en comparación con el grupo placebo en el gran estudio clínico que se utilizó para autorizar esta vacuna. La cuestión se ha mantenido bajo estrecha vigilancia”.

De todas formas nos sigue llamando la atención que apenas se produzcan comunicados ni se encuentre casi nada en la vacuna de Pfizer, la más usada. Parece que en esto de la competición empresarial por la vacunación, el caballo ganador es Comirnaty y en las demás se descargan las investigaciones para que parezca que se preocupan por algo. A estas alturas de la película todo eso ya no cuela.

 
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EL MINISTERIO DE SALUD DE MEXICO TAMBIÉN ADMITE QUE NO HAY AISLAMIENTO NI SECUENCIADO DEL SUPUESTO "CORONAVIRUS" SARSCOV2
 

Aislar a los humanos, erradicar el trabajo: un plan salvaje para evitar el colapso​

Un grupo de pensadores, cada vez más numeroso y con mayor influencia, se ha propuesto abordar la crisis climática mediante la intervención a gran escala sobre la ecosistemas para mantener habitable (y frío) el planeta

Imaginemos lo siguiente, en un futuro no muy lejano. Más de la mitad de la Tierra está cubierta por árboles y vegetación. En medio de estos bosques, extrañamente simétricos, sobresalen ciudades verticales, megalópolis en las que viven millones de personas. Los edificios están recubiertos con placas solares móviles y son energéticamente autosuficientes, pero en los bajos apenas hay luz: ahí se encuentran millones de fábricas y almacenes completamente a oscuras, donde un ejército de cíborgs trabaja sin descanso. El único medio de transporte urbano que existe son los drones, pilotados por una inteligencia artificial autónoma, que conecta las viviendas entre sí. En las afueras se encuentra una Zona de Exclusión Humana, reservada a los robots de trabajo, donde están situadas varias decenas de centrales nucleares, un parque de árboles artificiales de descarbonización, granjas de servidores y un puerto espacial que conecta la Tierra con las minas de hierro, níquel, oro y platino del cinturón de asteroides NEA.

En este nuevo mundo, el trabajo ha sido automatizado y, por lo tanto, abolido para los humanos. No hay escasez energética. No hay escasez de alimentos. Animales humanos, no humanos y cíborgs viven bajo un mismo régimen comunista de lujo, luchando para mantener frío el planeta. Los gobiernos de las siete ciudades-Estado que agrupan a toda la población de la Tierra trabajan bajo un mismo plan tecnocientífico para seguir recabando datos que aseguren su supervivencia. No hay guerras.

Esa civilización posible, que hoy apenas podemos imaginar sin soltar una sonrisa burlona, no procede de un cuento de ciencia ficción. En términos estrictos, ni tan siquiera puede decirse que sea una utopía. O, por lo menos, no lo es para un grupo de pensadores, cada vez más numeroso y con mayor influencia, que se ha propuesto abordar la crisis climática desde una perspectiva poco habitual dentro de los movimientos de izquierda, etiquetada como realismo salvaje: la geoingeniería o ingeniería climática, es decir, la intervención a gran escala sobre la ecosistemas para mantener habitable la Tierra.

Estamos acostumbrados a que los debates en torno al calentamiento global estén extremadamente polarizados. Tenemos a quienes creen que la solución debe dejarse en manos de los expertos porque consideran que el desarrollo tecnocientífico es suficiente para evitar la extinción de la humanidad y que, más que acabar con las dinámicas extractivistas del capitalismo, lo que hace falta es acelerarlas. Ahí están los sueños intergalácticos de grandes empresarios como Elon Musk, cuyo objetivo es colonizar Marte, o las teorías transhumanistas apoyadas por Google, que aspiran a trascender los límites de la biología humana a través de la ciencia y la tecnología. Desde los defensores de un capitalismo verde hasta la idea de una migración masiva a otros planetas, son muchos quienes, frente a la amenaza de un colapso de la Tierra, solo contemplan una huida hacia adelante.

Por otro lado, están los movimientos ecologistas que, de forma más o menos radical, apuestan por un ciclo de decrecimiento. Para ellos, las medidas de transición hacia energías renovables y la descarbonización son más una consecuencia que el motor de sus ideas. Su propósito es cambiar el modo de vida capitalista y dejar de ver el planeta como una fuente ilimitada de recursos, reconociendo nuestra responsabilidad para con los otros seres vivos en aras de preservar la biodiversidad. Así, desde las calculadas medidas de la Agenda 2030 hasta los movimientos emancipatorios como Extinction Rebellion, el objetivo es despertar la conciencia de las sociedades actuando a escala local, desde la transformación en el consumo hasta los cambios en las leyes nacionales e internacionales.

Sin embargo, en los últimos años ha ido ganando fuerza una suerte de tercera vía que nos invita a abandonar los marcos de pensamiento preestablecidos y que va más allá del dualismo aceleración/decrecimiento. Sus hipótesis son inquietantes, por no decir peligrosas, pero por ello mismo deben ser leídas, debatidas y criticadas. Ni tan solo puede decirse que constituyan un movimiento unitario, y las diferencias entre algunos de sus representantes son enormes. De hecho, en la descripción de un futuro posible con la que empieza este artículo, aparecen mezcladas ideas distintas de varios pensadores, con el objetivo de ofrecer una panorámica más amplia y contraintuitiva, así como descubrir qué tienen en común defensores de una geoingeniería anticapitalista como pueden ser Benjamin Bratton, James Lovelock, Holly Jean Buck, McKenzie Wark o Aaron Bastani.

En primer lugar, todos ellos comparten cálculos muy poco optimistas sobre el futuro: parten de la premisa de que para evitar el colapso climático no bastará con bajar las emisiones de CO₂. Consideran que impedir que la temperatura del planeta no suba más de tres grados centígrados requiere instalar tecnologías de emisiones negativas para secuestrar el carbono de la atmósfera. Y lo mismo ha de aplicarse a otros problemas urgentes, como la extinción de especies o la acidificación oceánica: no bastará con abandonar las prácticas actuales, sino que será necesario planificar formas de intervención para revertir activamente el daño. En segundo lugar, apuestan por romper con el dualismo filosófico entre lo natural y lo artificial: independientemente de si preferimos hablar de Antropoceno, Capitaloceno o Petroceno para referirnos a la era geológica actual, resulta evidente que la acción humana ha alterado el ecosistema planetario y lo seguirá haciendo en el futuro.

Por ello, en vez de negar la responsabilidad de los humanos apelando a un retorno a lo natural y proponiendo un programa de no intervención, la idea de estos autores es que nos hagamos cargo de las consecuencias de nuestras acciones. Como la mayoría de ellos considera que el cambio político y el cambio tecnológico deben ir de la mano, defienden que acabar con el capitalismo neoliberal ―es decir, acabar con el actual modelo de explotación del territorio para la hiperproducción y el hiperconsumo― es una de las medidas prioritarias en geoingeniería. Quizá el proyecto más importante a este respecto es el que lidera Benjamin Bratton desde el Instituto Strelka de Moscú, un think tank (centro de estudios) desde el que dirige un programa de posgrado sobre geoingeniería. Su libro La terraformación. Programa para el diseño de una planetariedad viable, que acaba de ser publicado en lengua castellana por la editorial Caja Negra, aspira a servir de manifiesto para impulsar un nuevo sentido común.

El concepto de terraformación, utilizado por Bratton, hace referencia a “la transformación de los ecosistemas de otros planetas para que sean capaces de soportar vida similar a la de la Tierra, pero las inminentes consecuencias ecológicas de lo que se ha denominado Antropoceno [término usado para designar los daños irreversibles ocasionados por el consumo excesivo de recursos naturales] sugieren que, en las próximas décadas, necesitaremos terraformar la Tierra si queremos que siga siendo una anfitriona viable para sus propias formas de vida”.

La idea es simple. Del mismo modo que se están desarrollando tecnologías que permitirían vivir a los humanos en otros planetas o satélites, ha llegado el momento de aplicarlas a la Tierra y tratar de asegurar nuestra supervivencia. Lo queramos o no, dice Bratton, ya somos una colonia alienígena en un planeta cada vez más hostil para la especie: “Estar en el espacio es nuestra condición actual de hogar”.

Tomando 2030 como fecha en la que los efectos del colapso climático podrían ser irreversibles, Bratton propone un plan para “prevenir el futuro” que pasa por el desarrollo de las tecnologías de emisiones negativas, la defensa de la energía nuclear como la más limpia para el planeta o por establecer zonas de exclusión humana: “El cercado y la exclusión entre zonas urbanas y deshabitadas puede ser más bien una cuestión de asegurar la supervivencia y la continuidad de los ecosistemas viables y sus habitantes, incluidos nosotros. La tipología territorial de las zonas de exclusión humana se extiende desde el interior de las fábricas hasta el llamamiento del biólogo E. O. Wilson para concentrar la industria humana en megaciudades más densas y reservar la mitad de la Tierra para la reparación, la resalvajización y el restablecimiento”.

Aunque el pensamiento de Bratton puede verse como heredero del modernismo soviético, sus planteamientos están lejos de ser utópicos. La idea de planificar la ecología no debería parecer descabellada, al menos para aquellos que no han aceptado el credo neoliberal de la desregulación y el Estado mínimo. Según Bratton, la economía y la ecología ya están siendo planificadas a través de la arquitectura de las grandes plataformas (Amazon, Samsung, Huawei, Walmart) “que generan precios, imperativos logísticos, ensamblaje de materiales, mercados de extracción, lógicas de distribución y planes planificados y no planificados”. En consecuencia, el proyecto de terraformación va contra el capitalismo neoliberal en tanto que implica acabar con los privilegios de unos pocos para garantizar la libertad y la supervivencia de la mayoría: “El capitalismo”, concluye Bratton, “es tanto lo que hace posibles las tecnologías extraordinarias como lo que impide que alcancen su pleno potencial social”.

Quizá Aaron Bastani es quien mejor ha expuesto la perspectiva anticapitalista aplicada a la geoingeniería. En su libro Comunismo de lujo totalmente automatizado (publicado en castellano por Antipersona) argumenta que a pesar de que hoy los desarrollos tecnocientíficos están en manos de los grandes empresarios, las transformaciones que causarán estos avances acabarán por socavar las bases mismas del capitalismo: en un futuro de recursos ilimitados, sin escasez de energía, materiales ni alimentos, la acumulación capitalista dejará de tener sentido, igual que la especulación con los precios. Más que defender una economía y una ecología planificadas, como hace Bratton, Comunismo de lujo totalmente automatizado confía en que la aceleración tecnológica exponencial hará estallar las contradicciones internas del capitalismo: “El cambio hacia la energía renovable no solo mitiga los efectos de unos sistemas climáticos cada vez más caóticos, sino que también proporciona una mayor prosperidad para todos”.

La propuesta es atractiva por la capacidad que tiene el libro de plantear escenarios futuros en los que la alimentación sintética o la minería espacial no forman parte de una distopía tecnofeudalista al estilo Mad Max, a la vez que no se abandona a un optimismo ciego sobre las condiciones para que este cambio sea posible. De hecho, Bastani propone una estrategia a corto plazo para favorecer la llegada de este nuevo mundo: “Relocalización empresarial a través de adquisiciones progresivas y proteccionismo municipal; socialización de las finanzas y creación de una red de bancos regionales y locales y, finalmente, la introducción de un conjunto de servicios básicos universales que conviertan gran parte de la economía mundial en propiedad pública”.

Por último, acaba de publicarse un sorprendente ensayo titulado Novaceno. La próxima era de la hiperinteligencia (Paidós), del científico e inventor James Lovelock. El libro llega 40 años después de que desarrollara su influyente teoría sobre Gaia, que sostiene que en el momento en el que apareció vida en la Tierra esta transformó las condiciones de su entorno para perpetuarse; es decir, que la biosfera posee sus propios valores de supervivencia, que son independientes de la especie humana y de los valores humanistas. Lovelock parte de esta perspectiva no antropocéntrica para tratar de entender y dar respuesta a la crisis climática, pero su respuesta es contundente: estamos entrando en el Novaceno, una era en la que los cíborgs, entendidos como una forma de vida y pensamiento nacidos de Gaia, serán necesarios para conseguir que el nuestro siga siendo un planeta viviente.

Lovelock utiliza la palabra cíborg para referirse a cualquier ser electrónico inteligente, y los entiende como producto de la selección darwiniana, pero en la descripción que da de ellos los imagina como esferas hiperinteligentes, autónomas, capaces de escribir su propio código, que se comunican telepáticamente y pueden teletransportarse. Sin embargo, lejos de anticipar una guerra entre robots y humanos, la hipótesis del Novaceno es que la alianza entre humanos y cíborgs será imprescindible para detener el cambio climático y evitar, en el corto plazo, la extinción de los humanos. “La existencia continuada de nuestra especie dependerá de la aceptación de Gaia por parte de los cíborgs”, escribe. “Por su propio interés, estarán obligados a sumarse a nuestro interés de mantener frío el planeta. También se percatarán de que el mecanismo disponible para lograr ese objetivo es la vida orgánica. Por eso, se me antoja sumamente improbable la idea de una guerra entre los humanos y las máquinas, o simplemente que estas lleguen a exterminarnos. No por nuestras reglas impuestas, sino por su propio interés, estarán deseosas de mantenernos como una especie colaboradora”.

 

Moderna admite un “error humano” en las partículas de acero detectadas en sus vacunas​

La farmacéutica Moderna reafirmó este viernes que sus vacunas anticovid producidas en España y bloqueadas en Japón tras detectarse contaminación en algunos de los viales no suponían ningún “riesgo excesivo” para la salud, tras conducir una investigación sobre el incidente. También ha admitido que todo se debió a un “error humano”.

Así informa el digital 20 Minutos en una noticia que puedes leer en este enlace, en la que se dice que el informe final coincide con las conclusiones preliminares que ya habían adelantado ambas farmacéuticas, entre las que destaca que la presencia de partículas de acero en algunos viales “no presentaba ningún riesgo excesivo para los pacientes y no afecta al perfil de riesgo y beneficio del producto”.

Claro, claro, lo del grafeno en las vacunas contra el COVID-19 es, simplemente, un “error humano”, y, además, no representa ningún “riesgo excesivo” para las personas que han recibido esa vacuna.

Vamos, que han ido a lo fácil para no tener que reconocer públicamente otras cosas que habrían sido mucho más graves y se queda todo en un “error humano”… ¡Pues vaya “error humano”!