R
Rocco
Invitado
Pasó el tiempo, y por fin él dejó de insistir. Aunque realmente deseaba con todas mis fuerzas que volviera a llamarme, quería descolgar el teléfono y decirle que lo amaba. Que olvidase todo lo que había ocurrido y que volviese a buscarme como siempre. Pero nada de eso sudecio.
Cuando volví al instituto, me sentí más sola aún. Rodeada de toda esa gente que se preocupa por aparentar lo que no es. Nunca fui una chica de hacer muchos amigos, y cuando los hacia, no conservaba esas amistades. No me sentí nunca como una más, nunca fui popular, y nunca encontré cartas anónimas sobre mi mesa diciéndome que me querían. A veces tengo la sensación de que soy invisible para muchas personas. Aunque no es que sea mucho de hacerme notar entre la gente, pero gusta que se fijen en ti. Gusta importar a alguien, y gusta que te escriban cartitas tus admiradores secretos.
Pensaba en él, me imaginaba qué estaría haciendo. Me preguntaba si ya se habría fijado en otra, o si aún me esperaba. Si realmente alguna vez me esperó, o si alguna vez dejé de estar sola.
La soledad es algo que todos sentimos a lo largo de nuestra vida. Unos más, y otros menos. En su caso, cuando más la sentía era cuando llegaba la hora de meterse entre esas sabanas blancas que parecían tan frías como ella misma. El silencio le hacía pensar. Pensaba en la gente que se encontraba todos los días de camino al instituto, se preguntaba si ellos también se sentían solos, o si de lo contrario serian tan afortunados de tener aun esas mariposas que ella había sentido anteriormente. Quería colarse en sus cabezas y ver qué sentían los demás.
A veces, por las noches le costaba dormir. Y cuando por fin lo conseguía, se despertaba en mitad del sueño sobresaltada por las pesadillas que ultimamente solía tener. Soñaba que estaba en mitad del mar, que se bañaba y nadaba de un lado para otro. Pero que de repente, el mar se volvía de color negro, y se abría un agujero que cada vez era más grande y vaciaba todo el agua que había. Dejando a su paso peces y animales marinos muertos por no poder respirar.
Y eso sentía ella. Que se estaba quedando vacía, y que cada vez le costaba más respirar..
Cuando volví al instituto, me sentí más sola aún. Rodeada de toda esa gente que se preocupa por aparentar lo que no es. Nunca fui una chica de hacer muchos amigos, y cuando los hacia, no conservaba esas amistades. No me sentí nunca como una más, nunca fui popular, y nunca encontré cartas anónimas sobre mi mesa diciéndome que me querían. A veces tengo la sensación de que soy invisible para muchas personas. Aunque no es que sea mucho de hacerme notar entre la gente, pero gusta que se fijen en ti. Gusta importar a alguien, y gusta que te escriban cartitas tus admiradores secretos.
Pensaba en él, me imaginaba qué estaría haciendo. Me preguntaba si ya se habría fijado en otra, o si aún me esperaba. Si realmente alguna vez me esperó, o si alguna vez dejé de estar sola.
La soledad es algo que todos sentimos a lo largo de nuestra vida. Unos más, y otros menos. En su caso, cuando más la sentía era cuando llegaba la hora de meterse entre esas sabanas blancas que parecían tan frías como ella misma. El silencio le hacía pensar. Pensaba en la gente que se encontraba todos los días de camino al instituto, se preguntaba si ellos también se sentían solos, o si de lo contrario serian tan afortunados de tener aun esas mariposas que ella había sentido anteriormente. Quería colarse en sus cabezas y ver qué sentían los demás.
A veces, por las noches le costaba dormir. Y cuando por fin lo conseguía, se despertaba en mitad del sueño sobresaltada por las pesadillas que ultimamente solía tener. Soñaba que estaba en mitad del mar, que se bañaba y nadaba de un lado para otro. Pero que de repente, el mar se volvía de color negro, y se abría un agujero que cada vez era más grande y vaciaba todo el agua que había. Dejando a su paso peces y animales marinos muertos por no poder respirar.
Y eso sentía ella. Que se estaba quedando vacía, y que cada vez le costaba más respirar..