Ideas para seducir a Mama

Tema en 'General' iniciado por ROMPECORAZONES, 9 May 2013.

  1. Rosa y Arturo, son madre e hijo, ellos han vivido solos desde hace años.
    Un día Rosa entró al cuarto de Arturo para limpiar y se encontró una foto suya, cuando tenía 18 años, la misma edad que su hijo, usando una minifalda y una blusa escotada.
    Levantó las sábanas y un olor a fluidos la embriagó, olor a animal, olor a semen de su hijo y vio las manchas blancas de semen. Se asustó: ¿será posible que sea su fantasía? -Pensó.
    Encendió la computadora y buscó el historial de internet. Una página le llamó la atención: Amor filial. Hizo clic y se sorprendió por la cantidad de relatos que trataban el tema del incesto con la mayor naturalidad. Uno de los usuarios le llamó la atención, ya que tenía las iniciales de su hijo, buscó en los documentos de Word y encontró esa historia y otras más, donde hablaba del amor de su madre y cómo la había suya de muchas maneras. Aunque se trataba de ficción las historias estaban basadas o tenían anécdotas que habían compartido juntos: salidas al cine, paseos, diálogos, etc.
    ¡Por Dios! –se dijo. Pero sin salir de su asombro empezó a leer unos cuantos relatos. La verdad es que poco a poco se estaba excitando. Habían pasado casi ocho años desde que había tenido sexo y en los últimos años la situación se había hecho un tanto incómoda con su hijo. Ella lo estaba viendo como el hombre que es y tenía que hacer un gran esfuerzo para recordar que era el niño de sus entrañas.
    Por eso, luego del susto de la primera impresión en su rostro se dibujó una sonrisa al saber que él también pensaba en ella no como su madre. De cualquier forma Rosa es una mujer atractiva de 42 años de edad.
    Ahora cómo haría para conquistarlo, se preguntó. Ofuscada con sus pensamientos salió del cuarto de su hijo.
    Cuando Arturo regresó fue a su cuarto y vio la foto de su madre en otro lugar dónde no la había dejado. Encendió la computadora y al ver el historial de Word descubrió que habían abierto el archivo que había creado: “¡Mierda, mi madre sabe que soy un pervertido! ¿Qué hago ahora?” –se dijo.
    Durante la cena ambos evitaban mirarse y las conversaciones a menudo amenas y familiares habían cobrado un tono áspero.
    Alguno de los dos tenía que romper el hielo. Arturo dijo:
    - A: Ya sé que has entrado a mi cuarto y visto lo que escribí. –con una voz temblorosa, mientras su mirada apuntaba hacia el suelo.— No es lo que piensas.
    Los ojos de Rosa se abrieron cual platos soperos
    - -R: ¿Entonces qué es? ¡Dímelo, por Dios!
    - - A: Lo que pasa es que te… Quie… la verdad es que te amo. ¡Sí, te amo con locura, mami! –en ese momento Arturo se acercó, se inclinó y apretó la mano de su mamá, mientras besaba sus manos
    - R: Pe… pero, haz tenido varias enamoradas. ¿Por qué yo?
    - A: Porqué ninguna puede compararse contigo, mami. Eres la mujer perfecta y te amo desde que siempre, mamita linda. –en ese momento Arturo había empezado a besar sus mejillas de Rosa de forma continua, mientras nombraba sus cualidades con cada beso—: eres inteligente, bella, sincera, sensual—. Luego besó sus labios
    - R: -Rosa se dejó llevar por el placer hasta que recordó que era su hijo, lo apartó con un empujón con ambas manos —¡Basta Arturo, lo nuestro no puede ser! ¡Eres fruto de mi vientre y tengo más del doble de tu edad! —lo dijo con voz temblorosa y la mirada en el suelo.
    En ese momento recordó la primera vez que su hijo la había mirado con ojos de hombre:
    Había sido en la playa, hacía cinco años atrás. Por su recato había llevado ropa encima del traje de baño, se trataba de un traje de una sola pieza de color marrón. Al quitarse el pantalón de buzo, algunos de sus bellos púbicos se asomaron, Rosa se apresuró a acomodarse el traje pero Arturo ya la había visto y estaba con los ojos embobados. Esa imagen le gustó a Rosa, se sentía una mujer atractiva y deseada por un joven guapo: Arturo ya se había quitado la camiseta dejando ver su pecho desnudo y sus hombros anchos y brazos musculosos, en comparación al cuerpo fofo y gordo de su esposo.
    Luego se metieron al mar, cogidos de la mano para evitar las olas. En una de las jugarretas del mar se había corrido la tira del traje, liberando uno de sus senos, el cual Arturo miró embobado, mientras Rosa se apresuraba por esconder. Esa noche quiso hacer el amor con su esposo para librar su mente de sus pensamientos impuros con su hijo, pero su esposo no colaboró. Así que ella se metió en el baño y se metió los dedos masturbándose con la imagen de su hijo –No pudo esconder una sonrisa a flor de labios, mientras su mente se hundía en el recuerdo.
    A su vez Arturo recordó el día en que su madre le declaró su amor y se lo narró a ella, sacándola del ensimismamiento de sus propios pensamientos.
    - A: Mami, ¿recuerdas la noche del velorio de papá? Luego que todos se fueron tú te pusiste a beber en la cocina. Yo te levanté para llevarte a tu habitación y tú me abrazaste, me estrechaste en tus brazos me susurraste: gracias Arturo, te quiero mucho. Como no podías caminar te levanté en brazos y te conduje a tu habitación, durante el trayecto me susurraste: Podría parecer una mala mujer, pero por una parte me alegro que se haya muerto. Ahora puedo pasar mi vida con el hombre que realmente amor, el hombre que se preocupa por mí y me ha cuidado, el hombre que me lleva en brazos ahora. —La sonrisa de Rosa se había borrado, ella todo este tiempo pensó que había sido un sueño.
    - R: ¿Y qué pasó luego? –dijo con voz temerosa.
    - A: Te arropé y te dejé dormir, luego me fui a mi cuarto pensando que son cosas de borrachos. Pero hay algo. Ni los niños, ni los borrachos mienten.
    Rosa no sabía qué decir, se había quedado muda. Arturo había aprovechado en acercarse y empezado a masajear sus hombros.
    - R: ¡Lo nuestro, no puede ser! ¡Sería incesto! ¡Ni tú eres Edipo, ni yo, Yocasta!
    - A: ¡No, lo somos! ¡Somos un par de bobos enamorados del uno al otro que nacieron en el momento y lugar equivocados! –En ese momento Arturo estaba besando el cuello de su madre, mientras con sus manos bajaba las tiras de su camisón.
    La respiración de Rosa se aceleró y aunque dijo a su hijo que se detuviera, en el fondo deseaba que siguiera.
    Quitó la otra tira y su camisón se deslizó a sus pies dejando el cuerpo de su madre en ropa interior. Rosa se dejó llevar y hacer, mientras su hijo acariciaba sus senos y seguía besando su cuello. Excitada como estaba tomó una de las manos de su hijo y la guío a su calzoncito de algodón. A pesar del grosor Arturo pudo sentir que estaba mojada.
    Levantó a Rosa y colocó sus muslos en la mesa, luego le deslizó su calzoncito dejando ver su conchita peluda, el cual sin miramientos empezó a comerse. Rosa cayó de espaldas rendida por el placer, mientras con sus brazos tiraba todo lo que se encontraba en la mesa: individuales, tazas y cucharas salieron disparados y se estrellaron contra el suelo. Sin que a ninguno de los dos le importe. Gemidos y frases de placer salieron de los labios de Rosa, mientras la lengua de su hijo chapoteaba por su húmeda vagina. Unos minutos después Rosa había alcanzado el orgasmo, un placer que no había sentido nunca, empapando la cara de su hijo.
    Minutos después, cuando se pudo recuperar de su orgasmo, ambos se miraron directamente a los ojos. Arturo quiso ofrecer disculpas:
    - A: No sé qué me pasó, lo siento.
    - R: ¿Lo sientes? Siento esto. –Se levantó y besó los labios de su hijo, probando el salado sus propios jugos en el intento. Luego sacó de la prisión de sus pantalones el pene de Arturo. ¡Ya no era su madre, sino una hembra ávida de placer! El cual se metió en su boca y empezó a chupar sin control. Arturo hizo todo lo posible por no correrse.
    Acostó a su madre en el suelo y la penetró de una forma rápida y brutal. Los labios de Rosa dejaron escapar obscenidades entre gemidos y gritos. Rosa se quitó el sostén y le dijo a su hijo que se corra en sus senos. Una oleada de semen salió disparada desde los testículos de Arturo hacia cuello y labio de Rosa, manchando parte de su cabellera lacia.
    Los dedos de Rosa buscaron todo rastro de semen y lo metió en la boca. Arturo no había visto nunca a su madre, ni a ninguna de las chicas con las que estuvo, tan sexi y salvaje.
    Luego condujo a su madre en sus brazos hacia su cuarto y lo hizo de nuevo. Ambos, totalmente desnudos, se besaron y amaron como si quisieran recuperar todos los años perdidos, de su amor frustrado.
    Arturo le levantó las piernas a su madre, la cogió de los tobillos y deslizó su pene por las paredes de la cueva de Rosa, asegurándose que ya estaba lubricada empezó con un nuevo mete-saca de manera brutal. La atmósfera se llenó con un olor de mar mezclada con leche agria, mientras en el cuarto se oían gemidos, gritos y respiraciones aceleradas.
    - R: Córrete por favor, ¡Córrete! ¡Ya no puedo más! –gritaba Rosa.
    Pero las corridas anteriores de Arturo fueron tan brutales que lo habían dejado casi seco. Por lo que demoró mucho en venirse.
    Cuando lo hizo Arturo había sacado su herramienta y la estaba sobando en las paredes de su vagina, deslizándolas en las hebras de su chocho y disparando su carga en sus bellos púbicos y su vientre. Luego le limpió sus fluidos con su lengua, empezando por su ombligo y terminando en los labios vaginales.
    Unos minutos después, enlazados en un abrazo, unidos sus cuerpos por sus genitales se quedaron dormidos.
    Al amanecer del día siguiente, se miraron a los ojos, sonrieron y se besaron. Rosa estaba boca abajo y Arturo se montó encima. Mientras la arremetía de manera pausada y continua le susurró al oído:
    - A: Yo te cuidaré, mami. Te amo y te amaré por siempre.
    - R: Y yo a ti hijo mío. Vuelve a mí. Soy tuya y siempre lo seré. Juntos en todo momento.

    Una nueva relación entre madre e hijo: relación de pareja, de amantes había empezado.
     
  2. No me digas!
     
  3. busca un template para mi warra
     
  4. Me lo he leído entero.






















    Sí.
     

  5. y que opnion tienes
     
  6. que quien lo ha escrito esta jodidamente enfermo.
     

  7. Me recuerda a esta historia del arte de la seducción que ya firmé en otro foro pero que me parece de sumo interés al tema actual: Si lees estas líneas es porque hoy cumples trece años y porque yo estoy muerto. Las redacto antes de partir a la batalla, casi sin armas, para enfrentarme a un enemigo superior. Ahora eres un niño de once meses —llevo aquí tu foto— pero mi ahora es tu ayer y no nos sirve. Escribo a trompicones. Las balas pasan tan cerca que es probable que ya tengas trece años. Es buen momento, entonces, para que tengamos una charla de hombre a hombre. Me habría gustado hacerlo en persona, pero ya ves: las cosas nunca son como las deseamos. Supongo que el vivir sin tu padre te marcará para siempre. Has visto mis fotos, te han contado algunas historias, quizás te han dicho en qué guerra he muerto, pero no puedes imaginar al hombre que fui. No te preocupes, nadie podría. Además, yo no soy el de las anécdotas felices, ni tampoco soy el hombre que aparece en los retratos que miras. Las personas se conocen de verdad en medio del aburrimiento y traban amistad, si lo hacen, con la rutina de los días. No tendremos —no tuvimos— esa suerte. Entre estas rutinas hay una, que ocurre más o menos a tu edad, en donde el padre debe tener el valor de dar al hijo consejos fundamentales. Voy al grano, porque tengo poco tiempo y menos luz. Es muy probable que hayas comenzado a notar ciertos cambios en tu cuerpo. Tu madre, que es una mujer bondadosa pero poco dada a la conversación, no sabrá explicarte qué ocurre, ni darte consejo para que aquello ocurra de un modo placentero. No la culpes, porque es un tema masculino. Y, si me apuras, sólo de ciertos hombres. En breve tendrás (o quizá ya los tengas) amigos mayores o más espabilados que te explicarán las mejores técnicas para el desahogo automático del cuerpo: dormirse la mano, por ejemplo, o agujerear medio kilo de carne y calentarla hasta los veintinueve grados. Todo esto será válido y al mismo tiempo será falso. No redacto esta carta para enumerar maniobras eficaces ni para revelarte accesorios. El chimpancé también hace lo que haces tú cada noche. Con un poco de suerte, en un laboratorio se le podría enseñar al chimpancé la técnica de dormirse la mano, o la de calentar un trozo de carne, para darse mejor placer. Pero tú tienes algo que el chimpancé no tendrá nunca. Me refiero a una herramienta muy poco valorada por los adolescentes y por los hombres vulgares: la fantasía privada. La fantasía privada, la masculina, la secreta, se construye sobre la base de dos consignas: qué haría yo si, cuando eres joven e inexperto; y qué hubiera pasado si, cuando eres mayor y te arrepientes de las oportunidades perdidas. Con estos mínimos recursos los hombres de bien le ponemos fin al tema de la imaginación, una herramienta que, por lo demás, utilizamos poco. Ahora eres muy joven, pero llegarán tiempos de padecer un largo viaje en avión o tren, de intentar conciliar el sueño en vano, de esperar en una esquina a que llegue alguien que no aparece… Es entonces cuando debes hacer uso del qué haría yo si, y del qué hubiera pasado si. Con la práctica, cualquier tiempo monótono puede convertirse en un tiempo clandestino. Toma papel y lápiz, porque lo que voy a decirte es más valioso que cualquier manualidad que te enseñen, en la escuela o en la calle, tus camaradas mayores. La imaginación privada masculina se desarrolla únicamente en dos contextos: a) bajo el amparo de un hecho inconcluso del pasado (‘qué hubiera ocurrido si me animaba a proponerle un trío a las mellizas Klein la noche que estaban borrachas al lado de la piscina; desarrollar la idea hasta acabar’); o b) en la sospecha de un futuro improbable (‘qué haría yo si la vecina del quinto me viene a pedir azafrán un sábado a las dos de la madrugada, en camisón; explayarse sobre el tema hasta acabar’). No hay más recursos que esos dos; ni en el universo de la fantasía masculina, ni en la literatura erótica en general. Con estas introducciones no te serán necesarias las películas pornográficas, ni las revistas donde aparecen mujeres desnudas, ni los prismáticos en la oscuridad para fisgonear las azoteas. Qué haría yo si… Qué hubiera pasado si… Esas cuatro palabras, y no otras, deberán servirte como contraseña para todas tus noches, desde la noche de hoy y para siempre. Los hombres —mayores o púberes, lo mismo da— tenemos una extraña virtud: sólo sabemos de qué modo actuar cuando ya ha pasado la ocasión propicia o cuando ésta aún no se ha presentado. En el momento preciso, justo allí, no podemos reaccionar; antes y después, lo tenemos más claro que el agua. Pero al menos lo sabemos, con tardanza o con clarividencia, pero lo sabemos; y eso es lo que importa. El chimpancé no lo sabrá nunca; ningún animal de la selva sabe casi nada sobre la frustración. Como te he dicho al principio de esta carta, hijo, las cosas nunca son como las deseamos, y esa verdad es la madre de la imaginación privada. A tu edad, y durante algunos años, tus fantasías nocturnas te llevarán por el camino de la ficción, porque todavía no tendrás memoria de tus fracasos; pero con el tiempo, todos los hombres nos quedamos con una sola fantasía privada. Una sola. Y siempre comienza con la triste música del qué hubiera ocurrido si. Volvemos a reeditar, una y otra vez, la misma escena trunca que nos obsesiona. ¿Qué harías, hijo, si la joven profesora suplente de francés, que te ha encontrado fumando solo en el baño del colegio, en lugar de llevarte de una oreja a dirección te pidiera un cigarro y se quedara allí, contigo? ¿Qué harías si, entre calada y calada, te confesase que se ha separado hace tres meses y que echa de menos el calor de alguien en su cama? Y si enseguida te dijera, por ejemplo, que pareces mayor de lo que eres y después te rozara al descuido una pierna, tú, ¿qué harías? Yo, que soy tu padre y quizás ya estoy muerto, hace algunos años fui un alumno estúpido y tembloroso. La historia con la profesora de francés me ocurrió en la vida real, no en el mundo privado de las sábanas, y entonces me escapé del baño; corrí por el patio del colegio como un cobarde. No supe qué hacer con semejante porción de realidad servida en una bandeja. Huí. Antes de ese día mis noches eran irreales de principio a fin. Utilizaba únicamente el que haría si y con eso me contentaba. Pero desde esa misma tarde, solo en la cama o en la ducha, comencé a descubrir las infinitas variantes que me había ofrecido, sin saberlo, la profesora suplente de francés. Ella había abierto una puerta. El placer ahora me resultaba más doloroso y humillante, pero su hallazgo inauguró un sin fin de mundos paralelos. A veces yo la desnudaba en el baño del mismo colegio, trabando la puerta con el talón de mi zapato. Otras veces iba a su casa la noche siguiente, y ella me había dejado la ventana de su cuarto entreabierta. En ocasiones nos encontrábamos en el gimnasio, y estirábamos unas colchonetas raídas; o nos escondíamos de todos en la oscuridad del salón de actos. A veces, en mi fantasía, la chica que me gustaba nos veía desnudos y se ponía celosa. Otras veces se acercaba a nosotros, se nos unía. Cada noche yo tenía un romance diferente con mi profesora de francés. Un romance que comenzaba, siempre, con la conversación real y la caricia real en la pierna. Esa verdad sin discusión le daba al resto de la utopía un poder deslumbrante. Cuando terminé los estudios seguí fantaseando con ella. Al casarme con tu madre continué viviendo en el mundo solitario de mi profesora de francés. Incluso cuando quiero poner la mente en blanco o pensar en otra cosa, la película comienza y no puedo dejar de verla hasta el final, porque el final nunca es el mismo. Todavía lo hago algunas noches, cuando esta guerra absurda me permite estar solo y a oscuras. Imagino el momento inicial del cigarrillo y la conversación que alguna vez ocurrió en este mundo, y después construyo las diferentes variaciones que pudieron ser y no fueron. Las del otro mundo, las que me completan. Ojalá pienses, durante tus primeras noches de placer solitario, en mi profesora de francés, en esta historia q
    ue te he contado. Comienza a imaginar la escena por donde yo la he dejado: cuando ella me mira, fuma despacio y me roza una pierna. Ella era guapa, y tenía algo de tristeza en los ojos. Después puedes continuar la historia por donde tú quieras. Acaba por mí, hasta el último de los días. El desahogo masculino es un amor a destiempo, un romance nocturno que ocurre en épocas paralelas que no se cruzan. Se parece mucho a esta conversación remota, hijo, en la que yo le hablo al hombre que serás, y en la que tú me escuchas cuando ya estoy muerto.
     
  8. me he corrido
     
  9. Vaya mierda de tocho. Que lo lea el cabrón de tu padre para que se entere la mierda que pisa en casa.
     
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